21.12.11

Feliz Navidad y Próspero 2012




Desde Psico-lógicas nos despedimos hasta el próximo año. Pero antes queremos desearos a todos unas felices fiestas y expresaros nuestros mejores deseos para el 2012.

Gracias a todos por acompañarnos un año más.


Escrito por: Esther Roperti, Carolina Álvarez y Marisol Valado.

2.12.11

Vivir en la incertidumbre, vivir con miedo

Recientemente, el diario El País publico un artículo titulado "La ideología del miedo”, en el cual se hace referencia al libro de Joaquín Estefanía “La economía del miedo”. Es un escrito realmente interesante pues ciertamente conceptos como la incertidumbre y el miedo, que corresponden más bien a la psicología, se utilizan en la actualidad en otras áreas - entre ellas, la economía - para explicar los efectos de la crisis y para denunciar lo que llaman “dictadura de los mercados”.

La “dictadura de los mercados” viene a ser un poder fáctico que carece de rostro (a diferencia de los regímenes dictatoriales). No obstante, y al igual que los tiranos de carne y hueso, tienen capacidad y fuerza para infundir miedo en la colectividad.

Hoy en día, tanto en los reportes de las encuestas sociales, como en los relatos de los sujetos particulares que asisten a la consulta, el temor al paro, al subempleo, a la marginación económica y social, son temas centrales. A todos nos toca directa o indirectamente, generándose un importante monto de angustia. La depresión y la desesperanza también irrumpen en este escenario.

En otro artículo, José Antonio Zarzalejos va un poco más allá y habla de "Los españoles y la enfermedad del miedo”. Dice: “Constatada la enfermedad psíquica colectiva de los españoles -el miedo-, determinadas cifras complementarias certifican el diagnóstico: el 28% de los encuestados confiesa que su calidad de vida se ha deteriorado, debido a que sus ingresos son menores o su salud peor; el 44% sufre más estrés y tensión que hace 24 meses y más de la mitad asegura haber tenido que renunciar a ocio, vacaciones o costumbres gratificantes”

En este punto, es necesario hacer una separación entre la crisis colectiva y la crisis individual. Hablar de “enfermedad psíquica colectiva”, puede llegar a confundir al asumir que la vivencia del miedo y las repercusiones de esta emoción son iguales para todos los españoles.

En el plano social es importante entender, tal y como escribe Joaquín Estefanía en su artículo, qué es lo que está detrás de este “miedo” para, a partir de allí y en conjunto, poder hacerle frente de una manera razonable. Se trata de evitar que el pavor y la desesperanza conduzcan a la rabia social. Es preciso dirigir las protestas hacía esos “fabricantes del miedo”, crear conciencia social y favorecer los lazos de solidaridad para encontrar otras vías a esta crisis.

En el terreno personal, el trabajo es otro. La crisis, el miedo y la incertidumbre mueven en cada sujeto en particular elementos que tienen que ver con su propia historia. Por eso, cuando habla cada sujeto, la crisis y el miedo tienen muchas aristas. Para unos, puede ser un punto de inflexión que genera en el sujeto un proceso de reevaluación de su proyecto de vida, convirtiéndose la salida a la crisis en un nuevo reto. En el extremo opuesto, para otros, se convierte en un punto de quiebre, al convertir un momento crítico vinculado a las condiciones sociales, en una crisis mucho mas íntima y estructural.

El miedo y la incertidumbre nos tocan, tanto en lo social como en lo personal y sobre ello tenemos que reflexionar, trabajar y buscar otras salidas, para no terminar sometidos, pasivos y paralizados.

Escrito por: Marisol Valado Rodríguez

24.11.11

La larga cadena de la violencia.

Hace unas semanas participé en una Jornada sobre violencia intrafamiliar.

Y aunque en ese encuentro se trataron muchos aspectos diversos que inciden en el problema, hoy quiero enfocar el tema de la violencia de género.

Uno de los aspectos que se señalaron entonces es cómo, en muchos hogares donde el hijo adolescente es violento con sus padres (con su madre, preferentemente) ha existido una historia donde ese chico o esa chica ha sido espectador de repetidas escenas de agresiones contra la madre cometidas por el padre.

La violencia de género, entonces, cada vez muestra más ramificaciones.

Si ya es bien conocido cómo el papel de víctima causa múltiples estragos físicos y emocionales en la mujer, cada vez está más claro que también otras víctimas, en este caso indirectas, presentarán en su vida futura profundas cicatrices.

El tema se ha abordado desde diferentes perspectivas. Incluso se han implicado distintos entes sociales que cada vez son más diestros en la defensa y el castigo: casas de acogida, comisarías de policía, juicios rápidos.

Pero lo real es que el problema persiste.

Parece que se atajan las consecuencias. Pero se obvian las causas.

Porque en el maltrato, como en cualquier otra situación humana, la repetición es la constante. De esta manera, un hombre maltratador ejercerá su agresión contra sus diversas parejas.Y la mujer maltratada repetirá su papel de víctima en sus diferentes relaciones.

Cuando se rastrean las historias, se encuentra la violencia como constante familiar. La violencia como forma de vinculación o como torcido camino de la expresión del amor.


Y si hace unos años la implicación personal en los actos violentos podía escudarse en el desconocimiento, hoy esa careta  ha terminado  por caerse. Aunque se sepa. Aunque se hable de ella. Aunque se lamenten sus consecuencias, la violencia se sigue dando. Porque está arraigada como parte del mismo entramado familiar en muchas casas. Y no basta la información para resolver el problema. Hace falta una labor más profunda, donde esas raíces torcidas queden develadas.

Es justamente ese el trabajo que requieren hacer los adolescentes violentos en el hogar: Rastrear en sus imágenes infantiles lo que ellos repiten en el acto agresivo contra sus madres. Y que de adultos reeditarán contra sus mujeres.

Cierro este post con música. Celia Cruz. Quien hace años ya hablaba de la violencia contra la mujer. Y se dirigía a  la mujer víctima con un discurso claro y nítido. Lamentablemente, algunas mujeres pueden haber bailado el tema justo antes de volver a casa con su enemigo.



Escrito por Esther Roperti

10.11.11

"Lo tienen todo"

La frase con la que titulo este post la he escuchado en consulta y en las sesiones de la escuela para padres en muchas oportunidades. Los padres, desconcertados frente a los comportamientos inadecuados de sus hijos, enfatizan su perplejidad añadiendo como colofón a estas quejas: “¿como es posible, si es que lo tienen todo, si no les falta nada?”.

Posiblemente, el problema justamente es ese, que “lo tienen todo”.

En la última escuela para padres hablábamos sobre el juego y la importancia que esta actividad tiene para los niños, no sólo para desarrollar sus capacidades e imaginación sino para poder representar y entender el mundo que les rodea. De allí, la importancia a la hora de escoger los juguetes. Este fue el punto crucial, porque enseguida aparecieron los comentarios sobre la cantidad enorme de juguetes de todo tipo que cada niño podía llegar a tener, sobre todo en la época navideña. Algunos padres reflexionaban al darse cuenta de que los niños, frente a un gran volumen de juguetes, no saben que hacer, pasando de uno a otro juguete y, al final, no han jugado con ninguno.

Al “llenarlos” de juguetes no se le da al niño la posibilidad de disfrutar, de construir, de imaginar, de hacer con el juguete, sino que se les sacia hasta el hartazgo. Tras el hartazgo sólo queda una desagradable y frustrante sensación de vacío. El hastío se traduce luego en muchos síntomas y comportamientos: niños aburridos, excesivamente demandantes, intolerantes, caprichosos, desmotivados.

El problema está en creer y hacer creer a los niños, de manera directa o indirecta, que mientras más “cosas” tengan más felices serán. “Que no les falte nada”, “que tengan todo lo que yo no tuve”, parecen ser las consignas que pesan sobre los padres.

Pero, precisamente, si “no falta nada” surgen los problemas con el deseo. Devienen niños que sufren porque no sienten interés en nada, o su interés cede ante la primera contrariedad. O no disfrutan de la experiencia de aprender, de explorar, porque supone un esfuerzo. Para desear hace falta que anhelemos, que queramos alguna cosa, y eso sólo es posible si no lo tenemos todo.

Escrito por: Marisol Valado Rodríguez.

4.11.11

¿Quién sostiene la balanza?

Hace unos días alguien me comentaba de un juicio por las medidas provisionales en un caso de separación. La madre solicitaba la custodia de los hijos y el padre pedía la custodia compartida. Ante la sorpresa de todos, y sin haber argumentos que lo sostuvieran, el juez nombró al padre como único custodio.

Hace unos días una paciente me contaba que estaba asistiendo a sesiones de fisioterapia y que, sin razón aparente, se sentía muy incómoda con la profesional que la atendía. No podía soportar su presencia, y fue tan grande su malestar que a pesar de reconocer su mejoría física, optó por dejar de asistir a su consulta.

Siguió su relato con una frase que denotaba su compresión sobre si misma: "Mi prima, quien me la recomendó, me preguntó si me había dado cuenta del parecido entre la fisio y mi madre. Yo no lo había notado. Pero cuando ella lo dijo, caí en la cuenta de que era cierto. Y que esa similitud era la causa de mi rechazo"

Ambas historias llegaron hasta mí con pocos días de diferencia. Y esa coincidencia me hizo reflexionar sobre las razones inconscientes que a veces determinan nuestras decisiones.

Está claro que el inconsciente nos controla. Que en millones de circunstancias eso que tenemos dentro y que no conocemos, hace que tomemos una u otra decisión. Y eso, por supuesto, acarrea consecuencias.

Esas poderosas razones inconscientes pueden hacer que nos construyamos una vida dolorosa y sufriente, llena de insatisfacciones. Una condena que sólo a través del trabajo psicoterapéutico puede develarse para obtener un poder consciente sobre nuestros actos.

En la mayoría de los casos, las consecuencias de desconocer el poder del inconsciente nos toca a nosotros y a quienes tenemos más cerca.

Pero vuelvo a lo que decía al principio: Un juez decide darle la custodia al padre. Algo que él no pedía. Algo que no apareció en los discursos de los abogados ¿Por qué?

No conozco el caso en profundidad pero lo uso como metáfora: ¿Algún conflicto interno y desconocido para él llevó al juez a actuar como lo hizo? ¿Y si en su decisión (como le pasó a mi paciente) jugó un papel fundamental el rechazo que le significó algún parecido entre la madre del caso y su propia madre?

Pensaba entonces que los jueces, esos seres poderosos que tienen la potestad y también la carga que significa decidir sobre la vida de otros, tienen además una enorme responsabilidad en tanto personas subjetivas.

Está claro que la ley es palabra escrita. Pero también es palabra interpretable. Basta seguir algunos procesos judiciales para percatarse de que un mismo hecho y un mismo artículo de una determinada ley, puede entenderse y usarse de variadas maneras.

Por ejemplo, el Artículo 2 de la  Ley Orgánica 1/1996, de 15 de Enero, de Protección Jurídica del Menor, señala que en toda decisión debe primar el interés de los menores, Claro que cómo fijar en un caso concreto de qué manera práctica se está primando este interés, puede tener múltiples lecturas.Y habrán razones conscientes, por supuesto. Pero también el inconsciente jugará su papel en las actuciones de los jueces, que por más poder que ostenten, son sobre todo seres humanos.

Si cada uno de nosotros tiene la obligación consigo mismo de conocer el poder de su inconsciente, de esos entramados que condicionan ciertas elecciones y determinadas actitudes para ganar control sobre la propia vida, un juez, que tiene en sus manos una responsabilidad mucho mayor y cuyas decisiones implican a otros, con más razón tiene que haber pasado por un proceso de revisión personal que le garantice cierta protección ante su propia subjetividad.

Si yo me viera en la circunstancia de estar en manos de un juez que decida sobre mi destino, desearía que su veredicto no estuviera mediatizado por su transferencia en mí de sus propios conflictos inconscientes.
Escrito por Esther Roperti

20.10.11

¿Sólo tenemos un lugar?

Los lazos familiares se forman a partir de la interrelación entre los sujetos miembros de una familia. Son vínculos estrechos y sostenidos en el tiempo. Los nuevos miembros crecen en una compleja interacción en el marco de la cual se les trasmiten valores y costumbres sociales. Cada uno se va ubicando subjetivamente en una determinada posición dentro de este entramado. Cada uno tiene un lugar.

En cada familia se construyen posiciones subjetivas: “el rey bebé”, “el favorito de mamá o de papá”, “la oveja negra”, “el que siempre lo hace mal”, “el terrible”, “el listo”, etc. Desde esta perspectiva cada sujeto se ubica en el mundo y actúa en consecuencia. Pero todos estos lugares tienen sus bemoles. Así, ser el favorito puede significar tener mayores privilegios. Pero también puede implicar cargar con las expectativas que los padres tienen con relación a esa situación de “privilegiado”.

En muchos casos, el lugar particular e íntimo que cada uno ha construido parece inamovible. Tiende a ser la única forma de estar en el mundo, aunque sea la “peor”.

Enfatizo en “aunque se la peor”, porque aun cuando puede llegarse a tomar conciencia de que la forma en que nos comportamos o las elecciones que tomamos nos hacen sufrir, esta toma de consciencia no conlleva al cambio sino que, por el contrario, lleva aparejada la sensación de que no hay otra posibilidad de actuar, de que no existe otra salida.

Inconscientemente, sostenemos, nos aferramos a estas posiciones. De esta manera, no es raro encontrar niños que son “los terribles”. Hacen trastadas permanentemente porque para ellos esa es la única forma de establecer el vínculo con los otros. Viene a ser como si “sólo si soy terrible existo para el otro”. Tampoco es extraño encontrar adultos que permanentemente buscan la aprobación o el reconocimiento como una forma sustitutiva del reconocimiento de los padres.

No es cierto, en ningún caso, que la posición subjetiva de cada uno sea inamovible. Eso sí, es imprescindible cuestionar estas posiciones que parecen determinarnos plenamente como sujetos para que realmente encontremos nuestro lugar y demos cabida a nuestro deseo.

13.10.11

La enfermedad mental como atenuante o como agravante.

El verano se rompía este año con una historia terrible: Una cuidadora de un Centro de Acogida asesinaba a tres niños discapacitados que permanecían a su cargo y luego intentaba suicidarse.

La noticia del suceso llenaba todos los medios justo en un tiempo de desconexión y de relax, jaloneando hacia lo más oscuro con su contundencia.

Los dirigentes de la ONG que gestionaba el Centro, así como los responsables de la Junta de Castilla y León que debía supervisarlo, se han lavado las manos, calificando la actuación de la monitora como un "acto de locura".

Cuando me topo con este tipo de declaraciones siempre pienso que la enfermedad mental es muy socorrida para explicar aquello que se escapa de nuestra comprensión y que deja en evidencia una labor mal organizada.

Se ha hablado de un homicidio compasivo, es decir, de unos asesinatos cometidos para ayudar a acabar con el sufrimiento, considerando los gravísimos problemas motrices que padecían los tres niños.

Se ha mencionado que la monitora sufría de depresión y que estaba en tratamiento, lo que ha generado toda una controversia jurídica entre si los responsables de su trabajo conocían o no esta condición.

En todo caso, la violencia del acto y el revés que supone que quien cuide, acabe matando, deja ver la resquebrajada salud mental de la monitora.

Pero lo importante es mirar cómo es que esta mujer pudo actuar su locura en un lugar que se suponía debía garantizar una vida digna a los niños que allí residían.

El trabajo en Centros de Menores o en otros ámbitos donde se esté en contacto permanente con el malestar y con unos condicionantes crónicos que dificultan la vida, acaba mermando. Muchas personas que se dedican a estas tareas coinciden en considerar cómo la misma historia de frustración que se repite en uno y otro y otro y otro caso, acaba creando una estela de desesperanza.

Por eso, entre otros factores (como sueldos míseros u horarios extremos) el personal que atiende a estas poblaciones tiende a aguantar un cierto tiempo, para buscar a continuación otros horizontes profesionales.

La enfermedad mental, los problemas sociales extremos, la discapacidad, todos ellos comparten un mismo destino: no son prioridad. Recuerdan el lado oscuro de la vida. Y desde allí, reciben el mínimo cuidado para que alguien se ocupe de esas temáticas pero sin demasiada algarabía.

Porque más allá de las condiciones mentales patológicas de la monitora, existen preguntas prácticas que resuenan: ¿Cómo es que esta mujer estaba sola en el Centro, a cargo de tres niños gravemente afectados?
¿Qué evaluaciones psicológicas había ejecutado la ONG al contratarla? ¿Cómo se cuidaba el estado mental presente de la monitora?

Estas preguntas requieren respuestas prácticas. No basta con que una vez que ocurre la tragedia, nos echemos las manos a la cabeza y asistamos al triste espectáculo de ver cómo los responsables se exculpan unos a otros. Y para exculparse, nada mejor que achacar todo "a la locura", como si la locura fuera algo silencioso e inevitable que acecha en la oscuridad.

Lo digo con toda la contundencia de que soy capaz: Era responsabilidad de "Mensajeros de la Paz" (La ONG que gestionaba el Centro) y de la Junta de Castilla y León garantizar la seguridad de los menores acogidos. Y era labor de ambos velar por la salud mental de los profesionales a cargo. Porque la salud mental es un asunto que nos incumbe. Porque hay métodos fiables para evaluarla y porque no se puede dejar al azar la seguridad, y en este caso, la vida de unos menores incapaces de defenderse.

Que justo esta semana se haya celebrado el Día Mundial de la Salud Mental es una buena oportunidad para que empecemos a respetar lo que a salud y a patologías emocionales se refiere. Para que dejemos de excusarnos, para que dejemos de recurrir a la enfermedad mental como atenuante cuando de lo que se trata es de una grave falta de cumplimiento de las responsabilidades.
Escrito por Esther Roperti.

3.8.11

Nos vamos de vacaciones de verano...


Tomaremos un pequeño descanso estival y esperamos que todos vosotros disfrutéis también de unas merecidas vacaciones.



Volveremos en septiembre.

7.7.11

Pedófilos

Cuando se aborda el difícil tema de la pedofilia, generalmente se ubica el objetivo de enfocar al niño víctima.

Y está claro que esta perspectiva es lógica. Se trata de entender el sufrimiento de un pequeño sometido a prácticas de naturaleza sexual a manos de un adulto.

Pero hoy deseo girar la cámara y dirigir la mirada hacia el agresor. Hacia ese adulto que consigue placer a partir de su vinculación sexual con un niño o una niña.

Cuando hablamos de un niño abusado surgen preguntas y deseos de protección.

Cuando hablamos de un adulto pedófilo nos invade la rabia y surgen muchas preguntas.

¿Cómo se explica la pedofilia? ¿En qué consiste? ¿Cómo se produce?

En importante comenzar definiendo qué es un pedófilo. Etimológicamente, esta palabra remite al amor por los niños. Pero no se trata de un amor cualquiera. Se trata de un amor sexualizado. Es decir, estamos ante un adulto que se inclina sexualmente por pequeños y pequeñas de corta edad.

Aunque a veces se usen como sinónimos, los términos pedofilia y pederastia no son equivalentes. Porque en la pedofilia existe un componente afectivo, de amor (erótico, sí, pero amor al fin y al cabo) que está ausente en la pederastia. En la pederastia todo se restringe más al terreno sexual, lo que convierte a estos sujetos en más proclives a dañar a su objeto.

Un pedófilo, entonces, es un adulto que ama a los niños. Y que los ama sexualmente. Que tratará de acercarse a ellos para consumar su amor a partir de un vínculo sexual, ya sea a través de la exhibición, el tocamiento o la concreción de una relación sexual completa.

Para entender qué le ocurre a un pedófilo, tenemos que partir de que la sexualidad humana es un proceso complejo que pasa por diferentes etapas de desarrollo. Que evoluciona, y que es tremendamente sensible a los avatares personales de la historia individual.

Llegar a una sexualidad adulta requiere pasos diferentes.

Y en el caso de la pedofilia, algo ocurre en esa historia para que la sexualidad quede fijada a niveles infantiles. Eso que ha ocurrido se refiere a hechos traumáticos en la propia niñez, tan abismales y duros que son capaces de detener el desarrollo sexual y que fijan la líbido a etapas infantiles.

Hechos traumáticos. Fuertemente dañinos. Que tienen la capacidad de detener el desarrollo psicológico. Hablamos en muchos casos de abusos físicos o psicológicos. Abusos repetidos y crueles.

En muchos casos estos hechos traumáticos, estos daños, se desencadenan en el escenario del hogar o en otros contextos donde otro adulto ejerce un dominio sobre el niño.

En muchos casos, ese abuso ha sido de carácter sexual.

Es decir, el pedófilo del presente fue probablemente víctima en el pasado.

Todo los abusos que implican a la sexualidad son complejos, porque la sexualidad es terreno de satisfacción. Y existe un placer físico que se desencadena aún cuando el resto del escenario sea violento.

Si a esto sumamos el amor que siente el pedófilo por el niño objeto, amor enfermo pero real, que el niño siente e identifica, podemos concluir que el contexto de la relación pedófila es especialmente complicado.

Ese niño, entonces, podrá repetir en la adultez la relación sexualizada con otro niño. Identificándose con su agresor. Es decir, ocupando el lugar de aquel que lo dañó como una búsqueda de reordenar la escena.

La psique, de nuevo en este caso, funciona en cadena: repites en otro aquello que viviste, que repetirá en otro aquello que vivió, que repetirá en otro...

Por eso en los casos de pedofilia, la acción real que salvaguarde al pequeño de volver a ser abusado y el tratamiento psicológico son fundamentales. Para desenroscar aquello que ha quedado atado y permitir que el desarrollo sexual continúe.

Pero cuando se trata ya de un adulto, las perspectivas son bastante oscuras.

Los diferentes estudios señalan el fracaso de la aplicación de diversas técnicas terapéuticas. La farmacología se limita a inhibir el impulso. Las técnicas de modificación de conducta tienden a fracasar. También el psicoanálisis se muestra insuficiente para modificar el entramado de la sexualidad.

No obstante, el psicoanálisis sí puede alcanzar un objetivo: apuntar a que el sujeto pedófilo llegue al convencimiento de que su cura pasa necesariamente por su decisión de abandonar su forma de goce. Que aunque siga existiendo el deseo, en nombre del amor real, se abstenga.

Y esta aspiración es difícil. Y suficiente.

Para terminar, dejo un trozo de una película inquietante. Happiness, dirigida por Todd Solondz. Donde se ficcionaliza  el discurso de un pedófilo.
Escrito por Esther Roperti.

17.6.11

El doble.

Cuando un niño está en silencio puede estar diciendo muchas cosas. Porque a veces ese silencio es obligado.

Obligado por los adultos que lo rodean. Que lo dañan.

Vuelvo a hablar de la pederastia. Porque toca. Porque la pederastria sigue presente y porque es silenciosa a menos que se sepa escuchar lo que ese silencio de los niños quiere decir.

El lenguaje infantil es más de acciones que de verbo. La palabra es idioma adulto. Los niños también cuentan pero valiéndose de otros elementos: Con sus juegos. Con sus dibujos. Con su conducta.

El niño dice. No podría no hacerlo. Y el acento recae entonces en el adulto que debe saber escuchar e interpretar el mensaje.

Después de haberlo dicho por fin, de haber mostrado su dolor y su malestar con los juguetes, con el papel y con su hacer, ese niño herido  podrá ya acceder a la oralidad para contar y elaborar.

Entonces es necesario un adulto que le ayude a verbalizar todo aquello que siente y que lo desborda. Que le ponga nombres, que lo provea de palabras para decir su rabia, su confusión, su miedo, su irritación.

Y que lo proteja. Y que se encargue de castigar al culpable. Y que garantice que la pesadilla ha finalizado.

Lo peor de la pederastia es que suele ser ejecutada por alguien cercano al niño: Un vecino. Un profesor. Un amigo. Un abuelo. Un tío. Un padre. Alguien con quien el niño tiene una buena relación. Alguien de quien espera recibir amor.

Por eso, un elemento que suele aparecer en las producciones de los niños abusados es el doble. Uno que son dos. Dos que son uno. Una mitad que es buena y todo aquello que el niño necesita y desea de esa persona cercana. Otra donde el niño deposita todo lo malo que esa persona también es.

El doble es producto de la angustia.  Porque lo malo, la agresión, la violencia, ocurren. Pero provienen de alguien amado también. Y los elementos malos pueden destruir a los buenos si aparecen en la misma figura. Así, inventarse un otro, sombra del primero, es una solución tranquilizadora. Esa separación calma porque permite mantener al bueno y no negar lo malo.

El abuso es angustia y miedo. Nada más intranquilizador que saber que tu enemigo está cerca y que puede repetir su abuso en cualquier momento. Como si una mujer violada tuviera que convivir con su violador y hacer vida normal con él y no decirlo (que también pasa, por supuesto) con el agravante de que el niño, a diferencia de la mujer adulta, carece de los mínimos recursos para sobrevivir y ocuparse de si mismo.

La pederastia se sostiene en el silencio. Por eso, la mejor manera de combatirla es haciendo ruido. Hablando de ella. Informándose sobre ella. Y esa es una labor de adultos.

Desde ahí,  hoy apelo a la literatura. Que es otra manera de nombrar el quehacer humano.

Antón Castro, en su blog, colgó un cuento de Nicolás Melini sobre la pederastia. No sólo la narración es perfecta. También lo es el título del relato:  Malestar
Escrito por Esther Roperti





9.6.11

Aún hoy en día

Aquí estamos. Europa, en pleno siglo XXI. Múltiples avances en la ciencia, en la medicina, en la tecnología, en las telecomunicaciones, en el urbanismo de las ciudades. Avances y logros enfocados en su mayoría a consolidar lo que se conoce como el estado de bienestar. El primer mundo contempla a sus vecinos, menos afortunados, menos desarrollados y se horroriza, lógicamente, por la existencia aún hoy en día de ciertas prácticas religiosas como la ablación, practicada a muchas niñas de algunos países de África y Oriente Medio, o la lapidación de mujeres en Irán como pena en caso de adulterio.

El horror ante dichas prácticas y la necesidad consecuente de intervenir a través de diversas organizaciones como Amnistía Internacional para frenar y detener este tipo de prácticas, es algo que la mayoría considera fundamental e imprescindible.

En este escenario, no deja de resultar sorprendente como aún hoy en día, en este nuestro mundo “desarrollado”, puedan sostenerse, en el discurso social, estigmas y prácticas sociales excluyentes contra las personas contagiadas VIH. Ni tampoco que aún hoy en día se considere a la enfermedad mental como algo que deba esconderse por temor al rechazo social.

26.5.11

¡Bravo Catherine!

A mediados del mes pasado, Catherine Zeta-Jones reconocía públicamente padecer un trastorno bipolar. La noticia fue recogida inmediatamente por los medios. Por ejemplo,  en  BBC Mundo se resaltaba la búsqueda de ayuda por parte de la actriz como una sana disposición por su parte. Después de ella, Demi Lovato (la estrella Disney) también declaraba sufrir el mismo padecimiento mental.

Podrían parecer éstos unos gestos pequeños y triviales. Pero no. Porque en la actualidad, en pleno siglo XXI, la enfermedad mental continúa siendo un estigma. Y la búsqueda de ayuda especializada para el padecimiento mental, sigue siendo un asunto secreto en muchos sectores.

La vergüenza tiene aún hoy un papel preponderante cuando se trata de la psique. Y aunque el padecimiento emocional causa verdadero sufrimiento, mucho más pronunciado e incapacitante que ciertos problemas  físicos, la actitud general hacia uno y otro es marcadamente diferente.

No es casual, por ejemplo, que en repetidas ocasiones se prolongue el acceso a la psicoterapia por la búsqueda de una raíz física para el malestar. Cardiopatías, trastornos tiroideos o patologías respiratorias suelen ser las primeras hipótesis a descartar por pacientes y médicos cuando hay claros síntomas de ansiedad (nerviosismo, insomnio, sudoración, mareos) y si bien es atinado hacer una criba de posibles problemas orgánicos, en ocasiones la insistencia por dar con una causa física inexistente que explique la sintomatología (pruebas y analíticas repetidas, paseos por los despachos de diferentes profesionales de la misma especialidad para cazar el error diagnóstico...) indican el deseo de que todo sea debido a un fallo del cuerpo y no de la mente.

No es azaroso que en el sistema sanitario para acceder a la psicoterapia haya que pasar primero por el vistobueno del psiquiatra (y me refiero tanto al caso de la sanidad pública como al funcionamiento de las compañías privadas de seguros) porque el psiquiatra es un médico y el psicólogo no. Es decir, en este simple ademán, se vuelve a observar la prevalencia de la consideración organicista.

No es producto tampoco de la simple casualidad que las sesiones de psicoterapia tengan una duración limitada y se organicen en una frecuencia insólita: cada mes o cada dos meses. Algo así como reconocer que la problemática no pasa por una intervención farmacéutica, y a la par, asignarle al tratamiento una validez no demasiado creíble.

Las víctimas de esta consideración de la enfermedad mental como un asunto de segunda categoría son sin duda alguna los propios pacientes y sus familiares. Y como es un hecho comprobado que mirar para otro lado no hace que las cosas dejen de existir, la falta de atención apropiada y a tiempo hace que muchas problemáticas se compliquen y se cronifiquen. 

Con este panorama, el gesto de Catherine Zeta-Jones es un ademán valiente. Un grano de arena para que la salud mental vaya ganado terreno como un tema fundamental para el ser humano.

Por eso, cierro este post tal y como lo abrí: ¡Bravo Catherine!

Escrito por Esther Roperti.

19.5.11

XI Jornadas de las formaciones Clínicas del Campo Lacaniano en España


Amor, Odio e Ignorancia" Clínica de las pasiones. Es el título elegido para estas Jornadas que se llevarán a cabo en Vigo el día 28 de mayo de 2011.

"Lo que de este modo al Otro le es dado colmar, y que es propiamente lo que no tiene, puesto que a él también le falta ser, es lo que se llama el amor, pero es también el odio y la ignorancia.
Son también, pasiones del ser. Lo que evoca toda demanda más allá de la necesidad que se articula en ella, y es sin duda aquello de que el sujeto queda privado, tanto más propiamente cuanto más satisfecha queda la necesidad articulada en la demanda" (J. Lacan, La dirección de la cura y los principios de su poder)



PROGRAMA

Mañana
8:30 Inscripciones y recogida de información

9:00 a 9:30 Apertura.

Camila Vidal, presidenta de la APsG

9:30 a 10:55 Mesa 1
Modera: Palmira Dasí (Valencia)


“Des(a)r”Manuel Rebollo (Tarragona)
“Las pasiones del alma según el cuerpo”Joan Salinas-Roses (Barcelona y País Vasco)
“La clínica del a en el marco de las pasiones”Alejandra Rifé (Barcelona)

10:55 a 12:00 Mesa 2
Modera: Gloria Fernández (Madrid)

“Condenada a lo imposible”
Emilia Malkorra (País Vasco)
“Pasión de lo que no hay”

Victoria Torres (Asturias)
“Transexualidades o las evanescencias de la pasión”

Hugo Monteverde (Galicia)

12:20 a 12:50 Pausa

12:50 a 13:45 Mesa 3
Modera: Manuel Baldiz (Barcelona)

“De creer a saber, o el fin de una relación de amor”
Trinidad Sánchez-Biezma de Lander (Madrid)
“Del amor al deseo”
Cora Aguerre. (Galicia)

14:00 Comida

Tarde


16:30 a 18:00 Mesa 4
Modera: Isidre Bosch (Tarragona)


“Una respuesta femenina al amor-odio del hombre sobre la violación de Lucrecia”
Amparo Ortega (Valencia)
“En(a)morada. Reflexiones psicoanalíticas sobre el maltrato a la mujer”
Carlos Veiga Martínez y Blanca Sánchez Gimeno (Asturias)
“La pasión no quita conocimiento”
Sabino Cabeza (Valencia)

18:00 a 18:30 Clausura

Joan Salinas-Roses presidente de Jakinmina, Formaciones Clínicas del Campo Lacaniano del País Vasco.

21:30 Cena


Inscripción a la Jornada
Publico en General: 30€
Mismo día de las jornadas: 35€
Miembros y alumnos F.C.C.L: 10€

Información e Inscripciones: lebvala@hotmail.com o camilavidal@hotmail.com



5.5.11

¿Qué representa La muerte de Bin Laden?

Este lunes amanecíamos con la noticia de la muerte de Bin Laden. Los medios se hacían eco del suceso. De cómo Estados Unidos había alcanzado, al fin, el objetivo de acabar con el riesgo que representaba este hombre.

Se ha hablado de justicia. De dignidad. De perseguir la paz. De alivio. De fin del miedo. De recompensa de las víctimas.

Y es que Bin Laden se había constituido en una amenaza perenne. Miles de muertes pesaban sobre su figura. Y la multiplicidad de rumores sobre su paradero, intranquilizaban, angustiaban.

Muchos reportajes, como el publicado por El País este 2 de mayo, han fotografiado las reacciones a la muerte de Bin Laden.

Leer sobre el efecto de este suceso en los newyorquinos significa encontrar diferentes respuestas: Venganza pura. Euforia. Alivio. Sentimientos confusos y extremos.

Por ejemplo, se recogen trágicas escenas de rabia: "A mí me gustaría que estuviera vivo y que pudiéramos desfilar frente a él, escupirle y torturarle... perdí a mi novio, él lo mató... yo solo quiero ver el cuerpo de Bin Laden".

También escenas de dolor, de reactivación de la pérdida frente al lugar de los sucesos.

O escenas de abstención, como en aquellos familiares que "prefirieron no celebrar, porque aún no han asumido la pérdida de sus seres queridos".

La multiplicidad de imágenes posibles indican cómo el duelo, aunque se trate de un asunto social, es sobre todo, un tema personal. Individual.

Porque hablamos de duelos. Es decir, del proceso que implica elaborar la muerte de alguien querido. Del largo proceso que permite hacerse con la vida, con una vida nueva y reconstruida, que asuma y acepte la falta, la pérdida.

Hay duelos más fáciles. Y hay duelos más complicados. Diversas condiciones pueden interferir con la sana elaboración.

No cabe duda que los atentados del 11 de Septiembre de 2001 crearon un escenario con múltiples condiciones que han complicado los duelos por las numerosas muertes. Por eso, casi diez años después, las heridas no han cicatrizado. No es casual que la conocida como "zona cero" aún no haya sido reconstruida. Que siga estando presidida por grúas que pretenden una reestructuración que a día de hoy,  no ha sido posible.

Lo inesperado del suceso es una piedra contra la cual ha tropezado esta elaboración. Porque cuando la muerte se produce de manera intempestiva se aumenta la sensación de sinsentido. De que no debió ocurrir.
De que se trata de un mal sueño del que esperamos despertar. Por eso es más fácil adaptarse a la desaparición de un ser querido tras una larga enfermedad. Y una muerte sorpresiva, que nos salta a la cara, como la que padecieron miles de personas ese 11 de Septiembre, requiere un esfuerzo añadido para superarse.

Pero además, no ha habido reparación, y es que cuando algo nos daña, los gestos reparatorios ayudan a sobreponerse. Por eso, por ejemplo, es tan importante recibir una disculpa de boca de alguien que nos ha lesionado. Por eso, también, muchas medidas disciplinarias no se limitan el castigo, sino que pasan además por la imposición de una acción que remiende el daño causado (cuando, por ejemplo, a alguien que ha ejecutado actos vandálicos se le condena a limpiar las calles). Desde aquí, las víctimas de los atentados habían quedado sin reparación. Bin Laden seguía siendo una amenaza real. No había existido ningún gesto de arrepentimiento. Ninguna disculpa. Ninguna reparación. Así, esas terribles heridas quedaban vivas, abiertas.

Pero además, el atentado perpetrado sobre New York marcó la historia. Se ha convertido en un hito que cambió el mundo. Ese día ha sido recordado y repetido en el planeta entero miles de veces, con imágenes aterradoras de muertes y dolor. Se ha convertido en un asunto mediático. De dominio público. Y eso trastorna la elaboración. Porque los afectados se saben objeto de miradas, de comentarios, de reportajes, de noticias. Su dolor es de dominio público, cuando es, en realidad, un asunto íntimo. No es casual que, según las informaciones, la gran mayoría de los familiares de los fallecidos no haya participado en las celebraciones desatadas por la muerte de Bin Laden. Las celebraciones han sido un tema público, de la ciudad. Pero los afectados personalmente, con ese ademán de separarse del hacer mayoritario, han intentado sostener sus pérdidas como asuntos personales.

También está la herida narcisista. Porque Estados Unidos es un imperio. Se sabe imperio y actúa como tal. Desde ahí que un simple grupo terrorista (terriblemente peligroso, sí, pero pequeño ante el poderío norteamericano) haya sido capaz de desplomar toda una ciudad, ha sido vivido como una afrenta. Como una osadía tremenda. Por eso, aunque se es consciente de que la muerte de Bin Laden no acaba con el riesgo de ataques terroristas (Al-Qaeda sigue vivo) la sensación de triunfo es la imperante en estos momentos. Haber acabado con él recoloca las cosas: Demuestra que el poder está del lado estadounidense. De allí el alivio.

Pero ese alivio es nacional. No tiene que ver, necesariamente, con el sentir de los implicados directamente. Incluso, puede convertirse en un obstáculo, ya que muchas veces existe la fantasía de que ser redimido mediante el castigo del culpable de una pérdida, traerá maravillosos efectos. Se espera, de manera inconsciente, que el gesto de castigo devuelva las cosas a su orden, a cuando el fallecido vivía, es decir, que esa acción lo resucite. Y eso no sucede, claro. Entonces la frustración de esos deseos de inmortalidad hacen más penoso el enfrentamiento con la inevitabilidad de la muerte.

Esto duelos continúan en proceso. Cada sujeto dañado seguirá elaborando la pérdida. Cada quien con sus herramientas. Cada quien con sus propios recursos. La muerte de Bin Laden es un factor más que habrá que incorporar. Pero no define lo que cada individuo implicado sentirá a partir de ahora. Aunque las imágenes señalen celebraciones y euforias,  las verdaderas víctimas están en otro lado. Fuera del alcance de las cámaras. En un lugar privado que salvaguarda la intimidad de su proceso interno.

Escrito por Esther Roperti.

13.4.11

“Avatares del amor”

El amor, el desamor, los tropiezos en la relación con los otros o las dificultades para hacer vínculo con los otros, son circunstancias vitales que siempre dejan huella. Para la mayoría de los sujetos, el encuentro con el otro no es baladí. Así, la soledad, la sensación de vacío y la inconsistencia en las relaciones se convierten en los motivos de queja y malestar para los sujetos actuales. Al mismo tiempo, paradójicamente, encontramos también que se suscita con fuerza la angustia ante la posibilidad de establecer lazos, así como el temor a perder parte de la libertad individual.

Sobre los “avatares del amor”, el Foro Psicoanalítico de Santiago de Compostela organiza una conferencia como medio para abrir un espacio de intercambio y poder así reflexionar sobre las vicisitudes de los vínculos actuales, tratando temas que sin duda serán del interés de todos.

Para estas conferencias se contará con la participación de:

Carmen Gallano, Analista Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL), quien hablará sobre “El amor en la quiebra de los vínculos sociales”, y

Arturo Camba, Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL), quien abordará la cuestión “Una lengua de amor…cortés?”

Como moderador estará Alfonso González Gay, Analista Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL).

Al final de las conferencias habrá una mesa redonda de debate abierta al público.


Lugar: Auditorio Novacaixagalicia, Policarpo Sanz, 13. Vigo.
Fecha: 27 de mayo de 2011 a las 19:45 horas.
Entrada gratuita

6.4.11

Los hijos de las parejas rotas

Las formas familiares han cambiado. Cada vez es más frecuente encontrar familias cuya estructura dista mucho de aquel núcleo tradicional formado por padre, madre e hijos, todos conviviendo bajo el mismo techo.
Por diversas razones sociales, culturales y económicas, muchas parejas se rompen, se rehacen, se multiplican. Y es entonces cuando ciertos conceptos tradicionales tienen que modificarse.
En muchas ocasiones, los psicólogos somos requeridos para evaluar o iniciar tratamiento psicoterapéutico por los daños que los niños han sufrido como consecuencia de la separación de los padres. Y es que muchos niños, efectivamente, resultan íntimamente dañados por la ruptura.
El quiebre de la pareja parental es un cambio. Una realidad que necesita un proceso de adaptación de todos los miembros de la familia, por supuesto. Pero no tiene por qué constituir una experiencia traumática que lesione al niño.
Toda separación está sostenida sobre el conflicto. Algo que se había construído se rompe, y eso conlleva sentimientos de frustración y de rabia.
Este conflicto puede sostenerse sobre la negociación adulta, sin caer en luchas encarnizadas.
También puede vivirse de una forma dramática, transformando la vida en un escenario para destruir al otro. Para acabarlo. Y entre las herramientas del ataque, además de lo económico; de las posesiones materiales comunes; del prestigio social del o de la ex, en muchas ocasiones se ubica a los hijos como un arma arrojadiza.
La separación implica un fracaso. Una pérdida. Requiere la elaboración de un proceso de duelo y conlleva una revisión personal donde se evalúen las razones que provocaron la ruptura.
Y en ese proceso, puede ocurrir que las responsabilidades se coloquen fuera: "Me falló" "Nunca me entendió" "Siempre fue un (una) egoísta".
Muchas personas, entonces, desean una alianza con el hijo. Sienten al otro progenitor como una amenaza en el vínculo paterno-filial y comienzan las descalificaciones, las críticas, las quejas, las presiones para que se rompa la relación del niño con el otro: "Nos dejó" "Ya no nos quiere" "Quiere hacer una vida sin nosotros". Y en ese uso del plural, el hijo es colocado como parte de una guerra que no le concierne.
Cuando un padre o una madre actúan así, están ignorando la emocionalidad del niño y ahí, justamente, se produce el daño.
El niño necesita a su madre y a su padre. Necesita el triángulo. Y la ruptura de la pareja no tiene por qué implicar una pérdida de sus apegos.
El niño parte de ambos. Ama a ambos. No tiene por qué elegir. Y sabe, internamente, que es una mezcla de los dos. Por eso, si papá se convierte en un ser malo, abandónico, egoísta, que hace llorar a mamá, una parte del propio niño también resulta menospreciada.
Si mamá es una mala persona, una pesada que le ha destrozado la vida a papá, una parte del niño también se lesiona.
Pero no hay lugar para la duda: lo que daña no es la separación. Lo que puede constituir una herida profunda y dolorosa es la manera en que ese proceso es llevado por los adultos responsables.
Escrito por Esther Roperti.

3.4.11

Historias robadas

Quisiera continuar con el tema tratado en el post anterior y hacer ahora un recorrido adicional, considerando en esta oportunidad las implicaciones que las adopciones ilegales tuvieron también para los propios niños robados.


Efectivamente, como bien señala Carolina Álvarez, las monjas, los curas, los médicos y las enfermeras involucrados en esta trama de adopciones ilícitas jamás se detuvieron a pensar en el sufrimiento que ocasionaban a los padres biológicos de los niños, y mucho menos aún en las repercusiones que tales adopciones tendrían en la vida de estos niños.

Los testimonios de los que da cuenta el diario El País, proporcionados por los ahora adultos víctimas de estas adopciones, son muy variados. Por una parte, están aquellos que tuvieron la suerte de tener unos padres adoptivos amorosos, quienes incluso acertadamente les hablaron de su condición de niños adoptados. Por otra parte, los que eran adoptados con el único propósito de que posteriormente pudieran actuar como cuidadores de sus propios padres adoptivos. No obstante, en todos los relatos hay un elemento en común, esto es, la vivencia de que una parte importante de su vida les fue arrebatada: la historia de sus orígenes.


Para la mayoría de estos niños adoptados irregularmente, preguntas legítimas como ¿de dónde vengo?, ¿quiénes son mis padres biológicos?, o ¿por qué me entregaron?, no tienen respuesta. Porque los únicos dueños de esa información han venido a ser las personas que traficaban con estos niños.


La adopción es un proceso legal que permite a los niños que por alguna razón perdieron a sus padres o que fueron entregados por estos, la posibilidad de acceder a una familia y, al mismo tiempo, da a unos adultos la oportunidad de hacer realidad su deseo de ser padres A nivel psicológico, tanto para los padres como para los hijos, es ese deseo, más el amor originado a partir de él, lo que permitirá que se establezca un vínculo entre unos y otros. La garantía ofrecida desde los organismos que se encargan de tramitar la adopción, basada en la mayor transparencia posible en todos los aspectos del proceso, estaría orientada a fomentar este vínculo.


El niño adoptado, como todo niño, se pregunta siempre por su lugar en el deseo de los padres. Necesita asegurarse de que él ocupa ese lugar de hijo para los padres, y al mismo tiempo tiene el derecho inalienable de saber sobre sus padres biológicos, de conocer su historia, de que sus preguntas no queden sin respuesta.

26.3.11

Japón como metáfora.

La tragedia de Japón ha movilizado al mundo.

Los desastres naturales han causado profundas heridas en la población. Pero, como añadido a las secuelas de la incontenible fuerza de la naturaleza, hemos visto resquebrajarse  construcciones humanas tremendamente peligrosas, como lo demuestran los intentos fallidos por controlar el hundimiento de las centrales nucleares.

Los medios de comunicación se han hecho eco de los sucesos. Se han contado, analizado y diseccionado las implicaciones de la tragedia japonesa.

Un artículo especialmente interesante es el publicado por el diario El País el 15 de marzo. La autora, Rosa Montero, hace referencia a la megalomanía humana cuando narra la construcción en Finlandia del mayor almacén de residuos nucleares.

La megalomanía reside justamente en que el proyecto finlandés pretende alojar los residuos durante 100.000 años, período necesario para que dejen de ser peligrosos. Pero es que 100.000 años es el doble del tiempo que tiene nuestra especie habitando este planeta. Es entonces una hazaña que duplica la presencia humana. Que la excede.

La realidad es una. Concreta. Objetiva. Inexorable. Y siempre termina por imponerse. Pero con esa realidad cada quien hace lo que puede. Se puede mirar, considerar, tomar en cuenta y adaptarse a ella.

También puede deformarse. Negarse. Confundirse. Saltarse. Vivir en un mundo imaginario donde los hechos se miran desde la propia necesidad y desde la propia subjetividad.

El ser humano está forjado de subjetividad. Siempre lo real es matizado por nuestra mirada. Interpretado. Traducido. Pero en esa aproximación, la medida en la que las características de la realidad conserven su lugar como lo que hay que aceptar, marca la diferencia entre hacerse con lo real o darle la espalda y esperar hasta que esa inexorabilidad termine imponiéndose.

La presencia de centrales nucleares es una muestra de cómo la realidad puede saltarse. Y de cómo pueden encontrarse argumentos que sustenten ese negar lo real. En Europa, por ejemplo, existen un total de 143 reactores (encabeza la lista Francia, con 58. Mientras que España cuenta con 8) y su existencia se ha justificado con razones "lógicas": Emiten poco dióxido de carbono (lo que es positivo dado el calentamiento del planeta) y procuran independencia económica (tan necesaria en estos tiempos de crisis).

Pero en esta mirada sobre los reactores nucleares se deja de lado lo más importante: Son construcciones extremadamente peligrosas, cuyos deshechos son capaces de seguir dañando profundamente la vida durante 100.000 años. El doble del tiempo que tenemos los humanos habitando la Tierra.

Se trata de una negación colectiva de la realidad. De una fantasía de control sobre la naturaleza y sobre lo real que es una mera construcción imaginaria. Los sucesos de Japón lo han mostrado con una nitidez que, de tan contundente, ha volcado los cimientos del mundo: Nunca el ser humano será más fuerte que la naturaleza.
Escrito por Esther Roperti

13.3.11

¿Quién se desnuda en la psicoterapia?

En la última semana, los medios de comunicación han citado y mostrado a Sarah White, una psicóloga neoyorquina de 24 años de edad que utiliza su propia desnudez como herramienta de trabajo en las sesiones de psicoterapia.

Según esta psicóloga, la excitación que sienten sus pacientes ante su streep tees, es un vehículo positivo para que hablen de su vida interior.

Cuando leí esta noticia, me interrogué acerca de quién es el protagonista en la psicoterapia. Y cómo se ejercita, en la intimidad del despacho, esa repartición de los papeles.

Está claro que, en el caso de Sarah White, la protagonista es ella. Su acto de desnudarse en la sesión la sitúa claramente como foco, como eje. Ella logra ser mirada y en este entramado, el paciente, lo que éste tiene que contar, la problemática que lo trae a consulta, queda como simple música de fondo que acompaña el cuerpo desvestido y exhibido de la profesional.

En otras tendencias psicoterapéuticas, menos extravagantes, también es el especialista quien queda erigido como centro.

Cuando alguien acude buscando ayuda y espera que se le diga qué hacer, cómo actuar, qué pasos seguir, solicitando un manual de instrucciones para vivir, coloca al terapeuta como actor principal. Y cuando el psicólogo se ubica ante esta demanda dictando cátedra, haciéndose cargo activamente de las decisiones del otro, mostrando su superioridad a partir de su supuesto conocimiento de cómo debería el paciente moverse en su vida, el acento reace, sin dudas, sobre el especialista.

Lo importante de un trabajo psicoterapéutico es que el sujeto sufriente pueda hacerse con su vida. Que retome el control. Que adquiera mayor capacidad para tolerar, dirigir y sobrellevar. Que esté más dotado para aceptar los sinsabores y para no desmoronarse ante los embates de la realidad.

Entender por qué se sufre. Por qué se tienen carencias. Por qué se pierde el control, exige que el auténtico protagonista en el trabajo dentro de la intimidad del despacho, sea el paciente. Que la vida que se cuente, sea la suya. Que sea él quien se descubra, se desvista y se desnude ante sí mismo.

Se trata, justamente, de que el paciente aparezca como sujeto singular. Como persona.

Para ello, el silencio y la escucha del especialista son fundamentales.

Cuando vemos una película podemos situar fácilmente  al protagonista por ciertos elementos: Quién tiene más diálogos. A quién enfoca más la cámara. En torno a quién gira la trama argumental.

En la psicoterapia, la distribución de los roles debería también ser nítida y clara: La voz que más se oye, la historia que se cuenta, el punto de mira de la cámara. Todo, debería estar situado sobre el paciente.

Las vestiduras que deberían caer, en el espacio protegido del despacho, no son las del streep tees del especialista, sino aquellos ropajes que han aprisionado, asfixiado y devastado la singularidad más humana del paciente como persona.
Escrito por Esther Roperti

9.3.11

Entender la adolescencia

Para muchos padres, la llegada de su hijo a la adolescencia se convierte en un proceso desconcertante. Es como si, de repente, el niño que conocieran dejara de existir y apareciera en escena un joven con quien les resulta difícil hablar y al que, en ocasiones, no logran comprender.

Es cierto que el proceso de la adolescencia implica cambios subjetivos para el sujeto, pero estos cambios no suponen, necesariamente, una crisis y mucho menos aún llevan aparejada consigo una ruptura del vínculo con los padres. El adolescente necesita separarse de los padres para poder constituirse como adulto, pero así como exige un espacio donde moverse con independencia, demanda también límites y la seguridad de saberse querido y aceptado por sus padres.

La adolescencia viene a ser un proceso de ajuste y reajuste entre lo psicológico, lo biológico y lo social. Un tiempo que conlleva tanto una permanente elaboración subjetiva que es propia y particular de cada joven, como una reedición de los conflictos infantiles que requieren ahora una decisión en términos de identidad sexual y el escogimiento del objeto sexual. La pregunta sobre qué es ser hombre o qué es ser mujer y la elección de pareja forman parte de las cuestiones cargadas de angustia que enfrenta el sujeto adolescente, cuestiones a las que, paulatinamente y en función de su propia historia y recursos, irá dando un lugar.

El proceso supone siempre una continuidad entre el niño que se va dejando de ser y el joven que se está constituyendo. Implica, además, una serie de tareas a las que el joven debe dar respuesta dado que no se trata de una crisis que irrumpe de manera sorpresiva durante el desarrollo.

Los padres también han de realizar algunos ajustes: revisar y flexibilizar ciertas normas, permitir la creación de un espacio de intimidad necesario para el joven, sostener los límites y la posición de autoridad adecuándose a las nuevas situaciones, mostrar interés por las actividades que el joven realiza, estar dispuesto a escuchar, a negociar.

Usualmente encontramos que, tras una crisis familiar aparentemente precipitada por el comportamiento de un hijo adolescente, se revela que el problema familiar o personal suscitado existía con anterioridad. La incomunicación, la poca tolerancia a la frustración, los arrebatos de violencia, la deserción escolar, la vinculación con otros jóvenes problemáticos, no son, en ningún caso, manifestaciones propias de la adolescencia sino, por el contrario, síntomas de una dificultad particular de un joven, lo cual, en ocasiones, viene a denunciar también la existencia de una conflictiva familiar.

25.2.11

¿Quién escribe nuestro deseo?

Llega un momento en la vida en que las personas nos preguntamos por nuestro deseo.

Un instante fugaz o un período más insistente que de repente llega y  te pone en cuestionamiento la vida que llevas. Lo que haces. A lo que te dedicas. Cómo eres.

Esta es, a veces, la razón que lleva a muchas personas a buscar  psicoterapia. Personas que llegan con una interrogante abierta, no ceñida a un motivo de consulta más estrecho o más constreñido por un síntoma.

En otras ocasiones esta pregunta no es el disparador para buscar ayuda. Entonces se accede a la psicoterapia por otros motivos, por otros síntomas más pegados a la cotidianidad. Pero con el proceso, es muy probable que la pregunta surja.

Y esta pregunta no deja indiferente porque cuestiona el deseo y nuestra construcción como sujetos.

A veces este cuestionamiento se acompaña de un sentimiento de angustia. Otras, de una tristeza aplastante. En ocasiones también existe una vivencia de estar perdido. La sensación es de extrañamiento ante la propia vida que, de pronto, se nos hace ajena, extranjera, extraña.

Norberto Marucco define la situación con un cuadro nítido: "la imagen de un niño atrapado por una historia que no le pertenece. Entonces el destino está. Está ahí, ni más allá, ni más acá... y en realidad se enmascara en los proyectos de vida. Máscaras que ocultan una tragedia: no vivir el propio deseo".
 
Es un momento trágico. Saberse viviendo una vida ajena, remueve. Pero también es un momento fértil. De búsquedas propias, de reescritura.
 
La imagen es la de un guión donde los papeles están diseñados de antemano. Y el puño que ha escrito esas líneas no es el propio. La caligrafía es otra: De la madre y del padre.
 
Cada hijo nace ya con su libreto. Un guión que los padres, sin saberlo, han construido. Desde sus propios deseos, hacen al hijo depositario de ese destino: "Serás importante". "Nunca serás feliz". "Serás un luchador incansable". "Sufrirás con los amores". "No llegarás a nada". Y ese oráculo termina cumpliéndose. Sin cuestionarse. Sin rebatirse. Hasta que un día, la sensación de extrañeza hace su aparición y sacude los pilares.
 
Es entonces el tiempo de la reescritura. Esta vez sí. Con la propia pluma. Con la propia letra.
 
No es una tarea fácil, desde luego. Consiste en vencer al destino, ese destino impuesto y trágico que es deseo de los padres para hacerse dueño, plenamente, de la propia vida.
Escrito por Esther Roperti

20.2.11

Alienación Parental

Imagen tomada del País.com (30/05/2008)
Muchos de los síntomas por los cuales llevan a los niños a consulta psicológica, en particular las dificultades escolares producto de la falta de atención o la intranquilidad, las fobias, los problemas de conducta, la agresividad y la poca tolerancia a la frustración no sólo representan una problemática particular del niño en tanto sujeto sino que, en muchas ocasiones, ponen en evidencia una conflictiva de la pareja parental o una dificultad en el ámbito familiar que el niño, a través de esos síntomas, denuncia.


En este sentido, no es infrecuente que cuando el niño inicia el proceso psicoterapéutico a través de sus dibujos y juegos aparezcan elementos que permitan inferir una problemática familiar subyacente. Las más de las veces, dicha conflictiva también puede aparecer velada para los padres. Es el caso de los llamados “secretos familiares”. Así, por ejemplo, o por la muerte traumática de un familiar o por los problemas de pareja de los padres, a los niños se les miente o, lo que es peor, no se les dice nada. En estas situaciones, los padres suelen pensar que el niño es demasiado pequeño para comprender, o asumen que los niños no se dan cuenta de nada de lo que pasa.

Nada más lejos de la verdad. Los niños, por pequeños que sean, son capaces de leer lo que pasa con sus padres y, por ello, hacen sus propias interpretaciones sobre lo que sucede e intentan dar sentido a esas señales familiares. Por supuesto, su capacidad para comprender y entender es distinta a la de los adultos y así, frente a las mentiras o los silencios de los padres, pueden interpretar erróneamente que ese sufrimiento del que no se puede hablar es “por su culpa”.

Por otra parte, existe también lo que se conoce como alienación parental que es una dinámica que se produce en algunas familias una vez que los padres se divorcian. En este tipo de dinámica uno de los progenitores, mediante distintas estrategias, intenta impedir, obstaculizar e incluso destruir los vínculos del niño o los niños con el otro progenitor. Se coloca a los niños, de esta manera, en medio de una batalla campal que se desarrolla entre los padres. En ocasiones, los niños se constituyen en el arma arrojadiza con la que los padres intentan hacerse daño uno al otro.

Evidentemente, los resultados de este proceso son devastadores para los niños que lo sufren. Es importante recordar que lo que dicen los padres tiene valor de verdad para los niños. Los padres son figuras a las que el niño cree. La seguridad en el vínculo es primordial para que puedan configurar su propia seguridad personal. Tanto la madre como el padre son figuras con las cuales se identifica, para el niño cada uno tiene un lugar que es insustituible. Por eso, cuando uno de los progenitores ataca el vínculo que el niño tiene con el otro, ataca también al propio niño, al colocarlo en una situación terriblemente dolorosa que no puede manejar.

El divorcio es algo que ocurre entre adultos, por tanto, cada una de las partes tiene que hacer con lo que este hecho le supone a nivel personal. Los niños, por su parte, tienen que elaborar también el duelo que entraña la ruptura de la relación, en tanto pareja, de los padres, pero sin que ese divorcio implique el menoscabo del vínculo con alguno de sus padres.









13.2.11

Homosexualidad


Hace unos días leía un reportaje sobre la homosexualidad en Africa. En ese artículo se recordaba a Steven Mojenza y Tiwonge Chimbalanga, condenados a 14 años de prisión en Malawi por atentar, con su relación de pareja, contra la moral, la cultura y las leyes.

También se mencionaba a Uganda, país donde está pendiente de aprobación una Ley que condena a muerte a los homosexuales.
Recordé igualmente al poeta Reinaldo Arenas, perseguido en Cuba por su homosexualidad en las décadas de los 70 y de los 80.
Me vino a la cabeza lo ocurrido en Venezuela en Noviembre de 2010, cuando "unos desconocidos" tacharon el graffitti que ilustra este post.
Pensé también en quienes hoy en día, en esta España actual, acuden a ayuda psicoterapéutica para "cambiar" su orientación sexual. Madres preocupadas que solicitan evaluaciones, aterradas antes cierta posiciones de sus hijos.
Durante mucho tiempo la sexualidad ha sido leída como sinónimo de genitalidad y de procreación. Desde esa postura, la actividad sexual no se explica a partir del placer, sino desde la necesidad de concebir. Es mera unión de genitales femeninos y masculinos. Simple biología.
En ese discurso, la relación homosexual, o cualquier otra práctica no orientada a la procreación, es antinatural. Es aberrante.
Freud, hace ya bastantes años, basándose en una visión diferente, desde la búsqueda de placer, separó sexualidad de genitalidad. Sexualidad de procreación. Y desde allí, creó un discurso mucho más amplio que explica el goce a partir de otras zonas corporales, de otras prácticas.
La sexualidad, desde allí, comparte dos ejes: No se define por una necesidad, es decir, no está determinada por una actividad necesaria para la supervivencia (como la alimentación); y tiene un soporte corporal, es decir, se satisface a partir de un placer físico.
En el discurso psicoanalítico, la sexualidad pertenece también a la infancia. El bebé, con el chupeteo, primera actividad orientada a la satisfacción más pura, muestra la capacidad gozosa del ser humano.
Y ese bebé sexual, que chupetea por puro goce, construirá su sexualidad adulta en sus primeras experiencias.
Hablamos del triángulo: niño-mamá-papá. Ahí, en esa tríada, se fomarán las identificaciones y los esquemas que definirán al futuro adulto.
Las experiencias de esos primeros tiempos, de los largos años infantiles, marcarán la ubicación del niño en dos preguntas complejas que lo construyen: Con quién te identificas. A quién deseas.
Y esa construcción, como las columnas que sostienen cualquier edificación, son inamovibles.
Situar la sexualidad desde el goce, permite concebir el placer como algo netamente personal. Estructurante, humano e individual.
Por eso, aunque existan personas que acudan a psicoterapia para "cambiar" su orientación sexual, sabemos que la homosexualidad no tiene "cura".
El camino pasa, entonces, por la aceptación. Por hacerse con ello. Por aprender a vivir, a gozar, a disfrutar con ello.
Escrito por Esther Roperti.

1.2.11

La pederastia

Los medios de comunicación, casi a diario, hacen referencia al abuso sexual a menores.
A veces las noticias son tranquilizadoras. Cuando, por ejemplo, la policía logra desarticular una red de pederastia.
Otras veces lo que relatan los periódicos nos impacta. Cuando se habla de las pequeñas víctimas, de su sufrimiento.
Muchas veces, la acción de la policía es posible gracias a la participación de la gente común. Personas que se topan con imágenes terribles en internet y que acuden a la justicia.
El abuso a niños es una de las más monstruosas situaciones que puedan imaginarse. Tiene tal carga de violencia, daño, sinsentido y fragilidad que lesiona también a quién se convierte en involuntario espectador de tales escenas.
El problema es que el abuso muchas veces es invisible. Y en gran número de casos es cometido por personas cercanas al menor.
Los niños no suelen hablar de ello y cargan, silenciosamente, con la experiencia de vejación a la que son sometidos.
Por eso hay que saber escuchar a los niños.
Esto pasa, necesariamente, por la disposición a oírlos, en primer lugar, y en segundo, por estar atentos a ciertos signos que delatan el abuso.
Cambios en el comportamiento, retraimiento, temores nocturnos, conducta sexualmente deshinibida, actitud temerosa, pueden ser indicativos.
Pero sobre todo es en el juego y en la producción gráfica donde los niños plasman su realidad. No hay que olvidar que el lenguaje verbal  pertenece a la adultez, se desarrolla lentamente, y en cambio, la actividad lúdica es propia de la infancia.
Detectar una situación de abuso requiere dos actuaciones inmediatas.
La primera es de índole judicial: hay que separar al niño de su agresor. Cortar la cadena, porque el abuso siempre se escribe en plural, se repite, reincide.
Consecuentemente, también es indispensable castigar al agresor, porque un pederasta puede cambiar de víctima, pero ejercerá nuevamente su forma de sexualidad, consistente en elegir pequeños niños como objetos de su daño.
En segundo lugar hay que atender las profundas heridas que el abuso genera. Graves lesiones físicas y psíquicas que marcan el devenir posterior del niño. Que dejarán una cicatriz dolorosa y amarga el resto de la vida.
Haber sido víctima de pederastia devendrá en desconfianza hacia el otro; causará trastornos en el ejercicio de la sexualidad adulta y arrastrará otros malestares: depresión, autoimagen negativa, ansiedad.
En estos casos, la psicoterapia es una absoluta prioridad.
Escrito por Esther Roperti