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18.2.10

Violencia en casa

Aunque ya he tratado este tema en otra parte (me refiero a mi libro Padres victimas, hijos maltratadores), de nuevo me refiero al tema, llevada por la fuerza de la realidad.
 Hace unos días, las noticias recogían los datos anuales sobre violencia de hijos contra sus padres, y lo cierto es que son hallazgos impactantes.
Por ejemplo, el diario Que.es* se hacía eco de la nada desdeñable cifra presentada por la Fiscalía de menores: 8000 denuncias en 2009; 1000 más que en el año anterior.
Y la edad de los denunciados es cada vez menor. Aunque en la mayoría de los casos se trata de chicos y chicas de entre 14 y 18 años, ya aparecen con cierta regularidad testimonios de madres acosadas por sus hijos de 13, 12 años, y menos.
Y, como cada año, cuando se publican las estadísticas se hace hincapié en que se trata de un fenómeno en crecimiento;  y la prensa invierte páginas en hablar de la situación; y se repiten las entrevistas a especialistas; y se vuelven a recordar medidas clarísimas: más autoridad, más negativas a los caprichos, más coherencia en la disciplina.
Pero lo cierto es que el problema sigue, hasta el siguiente año y las siguientes cifras.
Es evidente que no nos enfrentamos a casos aislados, que la realidad de este siglo XXI viene marcada por la violencia y por diferentes escenarios donde la impulsividad, la falta de límites, la carencia de autoridad, dejan tambaleantes los rincones más privados de convivencia: la escuela, el instituto, la casa.
Todas las funciones de autocontrol, es decir, de sometimiento a la norma, de tolerancia a la frustración, de asunción de la autoridad, son funciones paternas, entendiendo la figura del padre como aquel que es representante de la Ley, quien enseña a internalizar los límites como vectores para moverse en la realidad. Por esto, no es nada infrecuente que muchos casos de conducta disocial se asocien a historias de padre ausente o padre delincuente.
Pero me encuentro ante una paradoja: ¿Por qué nuestra realidad muestra tanta falta de funciones paternas, cuando justamente ahora hay mayor presencia del padre que nunca? Basta ver los anuncios:  padres con sus hijos comprando en el súper, o jugando en el parque o paseando en la calle.
Tenemos entonces que mirar no si el padre está, sino cómo es esa presencia.
Si antes los padres sólo aparecían para imponer castigos, hacer reprimendas o marcar límites; ahora participan de la cotidianidad pero con miedo a imponerse, a decir que no, a hacer uso de la autoridad. Y parece que las madres tampoco asumen ese papel.
Y con este panorama, muchos hijos -niños y adolescentes- están perdidos,  incapacitados para moverse en sociedad.
No es suficiente alarmarse cada año, y repetir medidas obvias: más autoridad, más disciplina, menos caprichos.
 Hace falta que cada padre y cada madre reflexione sobre sus funciones, sobre su rol en la familia, sobre sus dificultades y sus fantasías. Sabiendo que, sin lugar a dudas,  los hijos están marcados por nuestras huellas, que son nuestro hechura.  
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30.1.10

Escuela, autoridad y violencia

Junto con el hogar, la escuela constituye el espacio en el cual se transmiten las exigencias que un individuo cualquiera debe aceptar y acatar para alcanzar una articulación armónica dentro del mundo social de las relaciones.
Ante la sociedad, la escuela no sólo es la encargada de garantizar el aprendizaje, esto es, la adquisición de un conjunto determinado de conocimientos, conductas y destrezas sino también es responsable de permitir, a través de la enseñanza, la identificación a los ideales simbólicos instituidos por el Otro social. Es en este punto, donde cobra importancia el educador al ocupar para el educando un lugar que se articula con el ideal del yo.
De un tiempo a esta parte, el lugar del educador ha sufrido un deslizamiento tal que se hace difícil para el estudiante identificarse con él, perdiendo aquél su capacidad como vehículo para el aprendizaje. No se trata solamente de que haya perdido autoridad frente a sus alumnos sino, y esto es lo más importante, que en muchos casos no se ve impulsado por ningún deseo en relación con sus alumnos, limitándose tan sólo a una vacía y repetitiva exposición de contenidos que no incita el deseo de aprender en quien la recibe.
En relación a la pérdida de autoridad, nos encontramos con el mismo corrimiento que ha venido ocurriendo con el lugar de las figuras parentales (no en balde el maestro es el sustituto simbólico de los padres, recordemos la frase “la escuela es el segundo hogar”), en el sentido de haber pasado de una postura autocrática a una postura de laissez faire, laissez passer. Es responsabilidad también, en muchos casos, de los padres, quienes en un intento de tapar las fallas tanto de sus hijos como de ellos mismos, descalifican al docente, restándoles poder para prohibir o sancionar.
Otro punto importante involucra a la escuela como institución. En muchos casos, no encontramos un marco simbólico coherente que sirva de guía tanto a alumnos como a profesores para solucionar las diversas situaciones de impasse que se puedan presentar entre ambos. Estos marcos simbólicos, presentados habitualmente bajo la forma de reglamentos, ocupan el lugar de una ley de referencia superior para unos y otros y tienen como finalidad última evitar que educadores y educandos queden atrapados en una relación imaginaria (en lo que coloquialmente conocemos como un “tú a tú”). En relación con el tema que nos ocupa, encontramos que no existe un tratamiento adecuado de los comportamientos violentos, recurriéndose casi siempre, como sanción única, a la expulsión temporal o definitiva del estudiante sin que medie, por lo general, un análisis detenido de la situación que incluya el escuchar al autor del hecho violento. Usualmente, las actuaciones violentas más serias no se presentan de forma repentina o explosiva, sino que vienen antecedidas de otras menos flagrantes ante las cuales no se ha respondido ni adecuada ni oportunamente, creándose así un efecto de “bola de nieve”. Evidentemente, lo adecuado y oportuno implica de por sí el trámite simbólico de los acontecimientos.

Oscar Lebrun y Marisol Valado

6.12.09

Ser padres

Recientemente, en una de las sesiones de “Escuela para Padres” en la que tratábamos la importancia de las normas y los límites en la crianza de los niños, me impresionó encontrar bastantes coincidencias en las anécdotas que relataban los padres. Así, la dificultad para ejercer la autoridad como padres aparecía como lugar común en sus relatos.
Escuché el relato preocupado de estos padres, que son padres de niños preescolares, sobre cómo sus hijos o los hijos de sus conocidos han sido objeto de algún tipo de agresión por otros chavales (por ejemplo, empujones para poder subir antes al tobogán o bien insultos para amedrentar y lograr que los otros se muestren sumisos). También hablaron de niños que golpean o se dirigen de manera irrespetuosa a sus padres o abuelos. Finalmente, estuvieron de acuerdo en aquello que les resultaba lo más sorprendente: la inercia e inacción de los padres de los niños agresores frente al comportamiento de sus hijos.
Estos hechos nos llevaron a diferentes reflexiones, pero la interrogante central giraba en torno a la pregunta ¿Qué pasa con ese lugar que como padres nos toca ocupar? La respuesta apunta a señalar que se trata de un lugar que, sin duda alguna, se presenta como difícil, puesto que debe conjugar, en una medida pretendidamente justa, amor, protección, aceptación, límites y prohibiciones.
Por eso al escuchar estos relatos, y al recordar los no pocos sucesos que recoge la prensa sobre la violencia en los colegios, las agresiones de hijos a padres, la violencia gratuita hacia otros por hechos tan absurdos como tener el cabello de cierto color [“Siete niños estadounidenses pelirrojos fueron agredidos física, o verbalmente a través de internet, en un colegio de California (al oeste de EEUU) por otros adolescentes”. es.noticias.yahoo.com], me hacen pensar que es cierto, que como padres, hemos perdido el rumbo, hemos pasado de ejercer una disciplina autoritaria y restrictiva hacia el extremo opuesto del “dejar hacer, dejar pasar”.
Nos encontramos, no sin sorpresa para todos, replanteándonos nuestra función como padres a partir de elementos que, en principio, deberían resultar obvios: tenemos que educar a nuestros hijos desde su más temprana infancia para vivir en sociedad; debemos trasmitirles valores como el amor por la vida y la solidaridad; educarlos en el respeto, en la capacidad de diálogo; dotarlos de un bagaje de habilidades sociales para solucionar problemas interpersonales, para aprender a aceptar y reconducir la frustración , para anticipar las consecuencias de los actos realizados y para aprender a ponerse en el lugar del otro.

11.10.09

La autoridad

La autoridad, ese delicado equilibrio entre el extremo autoritarismo y la falta de límites, es un ordenador de la convivencia, no sólo porque garantiza la trasmisión de formas comunes de leer la realidad, sino también porque se constituye en un elemento tranquilizador: si conocemos plenamente las reglas del juego, podemos jugar en igualdad de condiciones.
En el mes de Septiembre de este año, la aparición en la prensa de dos noticias aparentemente diferentes, se conjugaron en mi cabeza como dos caras del estado de la autoridad en nuestros días.
Por un lado, la propuesta de la Comunidad de Madrid de aprobar la "Ley de Autoridad del Profesor", una medida para reforzar el poder de estos profesionales frente a los alumnos.
Por el otro, el escándalo de las últimas estadísticas: Durante el año 2008, 8.000 padres denunciaron a sus hijos en los juzgados españoles por malos tratos.
En ambos casos un factor común: cómo se hace necesario recurrir a refuerzos externos para resolver problemas privados, o lo que es lo mismo, cómo la realidad parece reclamar la institucionalización de las normas privadas de convivencia.
Si los profesores requieren una reafirmación de su poder en las aulas, y los padres deben recurrir a la justicia para hacer frente a su papel dentro del hogar, quiere decir que por sí mismas estas figuras son insuficientes para ser representantes de la autoridad.
En la evolución humana, la ley comienza siendo un elemento externo, ya que en la infancia son los padres quienes entrenan en diferenciar comportamientos permitidos y prohibidos. Sin embargo, con el desarrollo, la ley comienza a introyectarse, a hacerse interna, como un elemento que se incorpora a la psique y se convierte en guía adaptada a las normas sociales de convivencia.
Eso es lo que se espera. No obstante, actualmente y cada vez más, tenemos datos de que ese proceso queda inconcluso.
Cuando he tratado adolescentes con problemas frente a la autoridad, he sentido una estela que trasmiten: vacío, falta, un hueco que se rellena a empujones con variopintos elementos externos: drogas, bandas, vandalismo, hurtos.
La falta es interna, claro, porque la autoridad no sólo está fuera, es, sobre todo, un elemento que tiene su lugar dentro de la psique.
En la psicoterapia con adolescentes problemáticos nunca pierdo de vista eso que me trasmiten: bajo la apariencia de estar "colmados" y "hartos", lo que hay debajo es un espacio en blanco que espera ser llenado.