23.7.10

Responsabilidad Subjetiva

“De nuestra posición de sujeto –dice Lacan- somos siempre responsables, sin excepción”.

Darse cuenta de lo que esta afirmación implica para cada quien y comprender la magnitud de su importancia para producir un cambio subjetivo real es una de las tareas más difíciles que se le presentan a una persona cuando transita un proceso psicoterapéutico.

Usualmente, de entrada, una persona se presenta al psicólogo con una queja. Así, lo primero que se suele escuchar en las sesiones de psicoterapia tiene que ver con lo terribles que son los otros, con aquello que hace sufrir al paciente en su relación con los demás, con la sensación de que pareciera que siempre lo elegido es lo peor. Se tiende a considerar que la causa de lo que nos sucede o acontece está siempre afuera.

Durante el proceso psicoterapéutico se comienza a entender por qué sufrimos. Se descubre qué de nuestra historia personal ha incidido en nuestra forma de establecer relaciones con los otros. Se perfila el tramado de las elecciones que hemos hecho hasta el momento y va quedando claro cómo estas elecciones han sido generalmente forzadas por las situaciones que nos ha tocado vivir. Finalmente, comenzamos a cuestionarnos sobre aquello que hemos hecho para sostenernos en una posición que nos hace padecer. Es sólo a partir de este punto que podremos determinar lo que nos toca hacer para poder salir de dicha posición.

Si algo define lo doloroso y difícil del proceso psicoterapéutico, es el cuestionarnos a nosotros mismos, porque implica cuestionar nuestra propia eficacia para conseguir lo que deseamos.

El psicoterapeuta no tiene respuestas mágicas, no tiene recetas, ni la llave para hallar la felicidad. Lo que ofrece al sujeto es ese espacio para encontrarse a sí mismo, para buscar eso que lo define genuinamente, para acercarlo a su deseo.

Nuestra responsabilidad como sujetos esta ahí, en sostener eso que constituye nuestro deseo, nuestra particularidad, en asumir el propio destino.

18.7.10

La elección de pareja


En el espacio psicoterapéutico se escuchan muchas frases que parecen repetirse. Una de ellas tiene que ver con una supuesta equiparación entre los hombres, y entre las mujeres.
Me refiero al consabido "todos los hombres son iguales", o a la trillada "ya se sabe cómo son las mujeres".
Lo curioso es que, en cada hablante, la frase se llena con contenidos disímiles.
En algún caso, la categorización masculina se dirige a que todos son violentos, o infieles, o babosos, o machistas, o indecisos, o mandones, o distantes, o... Las opciones se multiplican hasta el infinito.
En otros labios, la similitud femenina significa que todas las mujeres son controladoras, o sensibles, o blandas, o invasivas, o mentirosas, o cobardes, o... De nuevo un sinfín de características excluyentes entre sí.
Ser psicoterapeuta permite tener una tribuna donde escuchar lo más íntimo de las personas. Sin tapujos, con sinceridad. Y este quehacer permite desmontar todos estos prejuicios, porque en lo que cada quien cuenta, en la historia pasada y reciente de los individuos, se puede ver que hay hombres pacíficos, fieles, cercanos, débiles...
Que existen mujeres duras, respetuosas, sinceras, valientes...
Pero es real que cuando cada hablante usa la dichosa frase, ésta se sostiene en su particular experiencia, donde todos los hombres de su vida han sido violentos, o infieles. Igual en el caso contrario, todas las mujeres protagónicas han sido invasivas, o mentirosas.
Parece que la frase, entonces, está cortada, que se ha silenciado un trozo: "Todos los hombres son iguales... a mi padre". "Ya se sabe cómo son las mujeres... como mi madre".
Esa es la verdadera equiparación, comprobar que siempre que se elije, se busca repetir la figura del hombre o de la mujer tal y como se vivieron en la infancia.
Al final, la frase a medias, sin cursivas, es tranquilizadora. Porque exculpa.
No es que mi madre me haya invadido hasta la asfixia, o que me haya controlado hasta el punto de dejarme sin herramientas para hacerme con la vida. Es que todas son así.
No es que mi padre, con su violencia, me haya dañado; o que con su distancia me haya hecho sentir excluido. Es que todos son así.
Poder dar con una pareja diferente, que no repita hasta la extenuación un modelo que nos hace perpetuar el sufrimiento, pasa por reconocer a los padres en sus miserias.
De eso, precisamente, va la psicoterapia.

6.7.10

Vampiros

Este 27 de Junio "El País Semanal" publicaba la última entrega de su serie Testigo del horror, un espeluznante reportaje sobre Zimbabue.
El artículo hacía hincapié en la altísima incidencia del VIH en el país africano, una de las más altas del mundo, y además de referir diversas variables implicadas, señalaba algunos mitos que sostenían el contagio de la enfermedad.
En primer lugar, la consideración de la circuncisión como una medida protectora.
En segundo lugar, la creencia de que un hombre con VIH se cura manteniendo relaciones sexuales con una virgen o con un niño.
Cuando me topo con estas ideas no puedo dejar de vislumbrar la imagen del vampiro, aquel ser que se alimenta de sangre joven, que mata, que chupa, que devasta, a fin de perpetuar su eterna juventud.
Los vampiros no pertenecen sólo a la literatura y al cine, a libros como Drácula de Bram Stoker o películas como Nosferatu. Muchos de ellos están entre nosotros, son de carne y hueso y no son, ni mucho menos, inmortales.
Se reconocen por su sangre fría para dañar; por su incapacidad de reflejarse en los demás porque no conocen la empatía; y se alimentan de la vida de los otros: van dejando devastación y sufrimiento a su paso.
Un hombre que, bajo la creencia de su propia curación, es capaz de "pasarle" su mal a otro, a un niño o a una mujer, es, sin lugar a dudas, un vampiro.
El hecho de que una fantasía como esa se le ocurra a alguien,  el hecho de que puede extenderse y  darse por válida, confirma la existencia del vampirismo, del lado más oscuro de la naturaleza humana.
Pero existen otros vampiros: aquellos que establecen relaciones donde el otro se convierte en mera herramienta para su disfrute, deshumanizado y objetivizado, desprovisto de toda categoría de sujeto.
También quien goza explotando y maltratando a sus víctimas, llámense pareja, hijos, subalternos.
Ante seres así, lo mejor, estar fuera de su campo de acción. Porque con los vampiros mortales no valen crucifijos, ni la luz del sol. Viven menos, pero arrasan más.