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20.10.11

¿Sólo tenemos un lugar?

Los lazos familiares se forman a partir de la interrelación entre los sujetos miembros de una familia. Son vínculos estrechos y sostenidos en el tiempo. Los nuevos miembros crecen en una compleja interacción en el marco de la cual se les trasmiten valores y costumbres sociales. Cada uno se va ubicando subjetivamente en una determinada posición dentro de este entramado. Cada uno tiene un lugar.

En cada familia se construyen posiciones subjetivas: “el rey bebé”, “el favorito de mamá o de papá”, “la oveja negra”, “el que siempre lo hace mal”, “el terrible”, “el listo”, etc. Desde esta perspectiva cada sujeto se ubica en el mundo y actúa en consecuencia. Pero todos estos lugares tienen sus bemoles. Así, ser el favorito puede significar tener mayores privilegios. Pero también puede implicar cargar con las expectativas que los padres tienen con relación a esa situación de “privilegiado”.

En muchos casos, el lugar particular e íntimo que cada uno ha construido parece inamovible. Tiende a ser la única forma de estar en el mundo, aunque sea la “peor”.

Enfatizo en “aunque se la peor”, porque aun cuando puede llegarse a tomar conciencia de que la forma en que nos comportamos o las elecciones que tomamos nos hacen sufrir, esta toma de consciencia no conlleva al cambio sino que, por el contrario, lleva aparejada la sensación de que no hay otra posibilidad de actuar, de que no existe otra salida.

Inconscientemente, sostenemos, nos aferramos a estas posiciones. De esta manera, no es raro encontrar niños que son “los terribles”. Hacen trastadas permanentemente porque para ellos esa es la única forma de establecer el vínculo con los otros. Viene a ser como si “sólo si soy terrible existo para el otro”. Tampoco es extraño encontrar adultos que permanentemente buscan la aprobación o el reconocimiento como una forma sustitutiva del reconocimiento de los padres.

No es cierto, en ningún caso, que la posición subjetiva de cada uno sea inamovible. Eso sí, es imprescindible cuestionar estas posiciones que parecen determinarnos plenamente como sujetos para que realmente encontremos nuestro lugar y demos cabida a nuestro deseo.

23.7.10

Responsabilidad Subjetiva

“De nuestra posición de sujeto –dice Lacan- somos siempre responsables, sin excepción”.

Darse cuenta de lo que esta afirmación implica para cada quien y comprender la magnitud de su importancia para producir un cambio subjetivo real es una de las tareas más difíciles que se le presentan a una persona cuando transita un proceso psicoterapéutico.

Usualmente, de entrada, una persona se presenta al psicólogo con una queja. Así, lo primero que se suele escuchar en las sesiones de psicoterapia tiene que ver con lo terribles que son los otros, con aquello que hace sufrir al paciente en su relación con los demás, con la sensación de que pareciera que siempre lo elegido es lo peor. Se tiende a considerar que la causa de lo que nos sucede o acontece está siempre afuera.

Durante el proceso psicoterapéutico se comienza a entender por qué sufrimos. Se descubre qué de nuestra historia personal ha incidido en nuestra forma de establecer relaciones con los otros. Se perfila el tramado de las elecciones que hemos hecho hasta el momento y va quedando claro cómo estas elecciones han sido generalmente forzadas por las situaciones que nos ha tocado vivir. Finalmente, comenzamos a cuestionarnos sobre aquello que hemos hecho para sostenernos en una posición que nos hace padecer. Es sólo a partir de este punto que podremos determinar lo que nos toca hacer para poder salir de dicha posición.

Si algo define lo doloroso y difícil del proceso psicoterapéutico, es el cuestionarnos a nosotros mismos, porque implica cuestionar nuestra propia eficacia para conseguir lo que deseamos.

El psicoterapeuta no tiene respuestas mágicas, no tiene recetas, ni la llave para hallar la felicidad. Lo que ofrece al sujeto es ese espacio para encontrarse a sí mismo, para buscar eso que lo define genuinamente, para acercarlo a su deseo.

Nuestra responsabilidad como sujetos esta ahí, en sostener eso que constituye nuestro deseo, nuestra particularidad, en asumir el propio destino.