11.2.10

Ante la soledad

En un interesante artículo sobre la construcción social de la soledad, Manuel Cruz retoma la frase de Rousseau “Ser adulto es estar solo”, lo cual me condujo a reflexionar sobre un tema que suele estar muy presente en mi quehacer como Psicóloga.
Efectivamente, existen momentos en la vida que nos confrontan de manera súbita con un sentimiento difícil de sobrellevar, la soledad. Al hablar de soledad, no me refiero al hecho de estar sin compañía, sino a esa sensación abrumadora, sobrecogedora, de profundo pesar que en ocasiones nos invade y que encuentra como único referente nuestra propia intimidad.
Quienes hayan vivido la pérdida de un ser querido, la ruptura de una relación amorosa, la llegada a un país extraño como inmigrante o el fracaso de un proyecto de vida personal, seguramente sabrán a que me refiero y podrán dar cuenta de ese momento justo en que se toma conciencia de que lo que era ya no volverá a ser más, y también podrán atestiguar de que en ese momento y ante esa vivencia estamos realmente solos.
En otros períodos de la vida, esta emoción parece surgir paulatinamente llegando a ser una consecuencia inevitable y dolorosa del proceso de vivir. Así, al envejecer, muchos van perdiendo a los amigos e incluso la pareja; el anciano se percata de que ya los hijos no están ahí o que aun estando sus intereses y sus vidas están en otra parte. El que sobrevive, sin duda, se sabe solo. También llega el tiempo en que nos toca enfrentarnos, no sin cierto desamparo, al desfallecimiento de nuestro propio cuerpo.
Con esto no pretendo desestimar la importancia que tienen el apoyo y la compañía de los demás, llámense familiares o amigos, para ayudar a sobrellevar estos momentos difíciles. Lo que quiero enfatizar, es que puede suceder que a pesar de toda la solidaridad o empatía que pueda sentir una persona en estas circunstancias, le pueda resultar problemático sobreponerse a ello.
Reconocer que se está solo ante la soledad es el comienzo de un proceso interno, constante, a partir del cual se elaboran las pérdidas, y se da un nuevo sentido a la vida.

6.2.10

Todos estamos cuerdos

Los últimos datos aportados por la OMS -en el marco del I Foro sobre Salud Mental entre Adolescentes, celebrado en las Palmas de Gran Canaria- son impactantes: entre el 10 y el 20% de los adolescentes europeos sufre algún tipo de enfermedad mental.
Estas cifras han tenido repercusión en diferentes medios informativos, y no es para menos, porque implican que, a todas luces, los recursos para hacerse cargo del problema son extremadamente escasos.
Y no sólo en el caso de la atención a adolescentes. En general, el tratamiento de la salud mental resulta insuficiente. Así lo recoge la prensa. Por ejemplo, en el periódico ADN, se afirma "Cerca de un 25% de la población está afectada por algún trastorno mental y sólo un 5% del gasto sanitario se destina a su atención"
Pero sin necesidad de acceder a los medios, cualquier persona puede constatar en carne propia la escasez de recursos: basta con acercarse a la sanidad pública en búsqueda de tratamiento psicológico para tropezar con las esperas, las citas de apenas minutos con el especialista, los trámites que se multiplican para acceder al psicólogo, la ínfima frecuencia de sesiones, la pronta finalización del tratamiento.
Actualmente los seguros privados incluyen cada vez más la intervención psicológica (por algo será), sin embargo, el número de sesiones está limitado de antemano.
Esta manera de proporcionar atención a los trastornos emocionales no es gratuita, responde a un gesto sonrojado, a una opinión general que sigue entendiendo la enfermedad mental como algo avergonzante.
Hablar de la hipertensión, del reumatismo, de las alergias o de otro padecimiento físico es un tema habitual, descargado emocionalmente. Sin embargo, reconocer ante otros que se sufre una depresión, o crisis de ansiedad, o esquizofrenia, parece implicar una vejación personal.
Mientras no se naturalice el ámbito de la salud mental, hasta que deje de negarse la existencia habitual de  padecimientos psicológicos (las estadísticas no engañan) los recursos seguirán condenados a ser insuficientes.
Es como si, cerrando los ojos a la evidencia, se dijera: "Somos un mundo de cuerdos. Aquí no tenemos problemas mentales"
Como me dijo un amigo una vez "La realidad demuestra que Santo Tomás lo dijo al revés, la verdad es que si no lo creo, no lo veo" . Aunque la cifra sea de un 25% de la población.

30.1.10

Escuela, autoridad y violencia

Junto con el hogar, la escuela constituye el espacio en el cual se transmiten las exigencias que un individuo cualquiera debe aceptar y acatar para alcanzar una articulación armónica dentro del mundo social de las relaciones.
Ante la sociedad, la escuela no sólo es la encargada de garantizar el aprendizaje, esto es, la adquisición de un conjunto determinado de conocimientos, conductas y destrezas sino también es responsable de permitir, a través de la enseñanza, la identificación a los ideales simbólicos instituidos por el Otro social. Es en este punto, donde cobra importancia el educador al ocupar para el educando un lugar que se articula con el ideal del yo.
De un tiempo a esta parte, el lugar del educador ha sufrido un deslizamiento tal que se hace difícil para el estudiante identificarse con él, perdiendo aquél su capacidad como vehículo para el aprendizaje. No se trata solamente de que haya perdido autoridad frente a sus alumnos sino, y esto es lo más importante, que en muchos casos no se ve impulsado por ningún deseo en relación con sus alumnos, limitándose tan sólo a una vacía y repetitiva exposición de contenidos que no incita el deseo de aprender en quien la recibe.
En relación a la pérdida de autoridad, nos encontramos con el mismo corrimiento que ha venido ocurriendo con el lugar de las figuras parentales (no en balde el maestro es el sustituto simbólico de los padres, recordemos la frase “la escuela es el segundo hogar”), en el sentido de haber pasado de una postura autocrática a una postura de laissez faire, laissez passer. Es responsabilidad también, en muchos casos, de los padres, quienes en un intento de tapar las fallas tanto de sus hijos como de ellos mismos, descalifican al docente, restándoles poder para prohibir o sancionar.
Otro punto importante involucra a la escuela como institución. En muchos casos, no encontramos un marco simbólico coherente que sirva de guía tanto a alumnos como a profesores para solucionar las diversas situaciones de impasse que se puedan presentar entre ambos. Estos marcos simbólicos, presentados habitualmente bajo la forma de reglamentos, ocupan el lugar de una ley de referencia superior para unos y otros y tienen como finalidad última evitar que educadores y educandos queden atrapados en una relación imaginaria (en lo que coloquialmente conocemos como un “tú a tú”). En relación con el tema que nos ocupa, encontramos que no existe un tratamiento adecuado de los comportamientos violentos, recurriéndose casi siempre, como sanción única, a la expulsión temporal o definitiva del estudiante sin que medie, por lo general, un análisis detenido de la situación que incluya el escuchar al autor del hecho violento. Usualmente, las actuaciones violentas más serias no se presentan de forma repentina o explosiva, sino que vienen antecedidas de otras menos flagrantes ante las cuales no se ha respondido ni adecuada ni oportunamente, creándose así un efecto de “bola de nieve”. Evidentemente, lo adecuado y oportuno implica de por sí el trámite simbólico de los acontecimientos.

Oscar Lebrun y Marisol Valado