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3.11.10

Pastillas para todo.

La industria farmacéutica es poderosísima, eso es indudable.
Tiene en sus manos, muchas veces, la vida y la muerte.
En el caso del sida, por ejemplo, el uso de los antirretrovirales es una salvación. Pero es un tratamiento costoso, al que se puede acceder sólo en ciertos medios y lugares, mientras que en otros, la población agoniza por circunstancias económicas adversas.
Hay muchas enfermedades que pasan, necesariamente, por la medicación como cura. Y con la producción, distribución y venta de estos tratamientos (para la diábetes, para la hipertensión, para el hipotiroidismo, para las cardiopatías, para los síntomas psicóticos, etc.) los laboratorios ya están suficientemente enriquecidos.
No obstante, la industria farmacéutica no se conforma, así que amplía cada vez más su campo de acción.
Basta hacer un ejercicio: escríbase en google "medicamentos para" y permítase que el programa complete la frase: la lista se multiplica, existen medicamentos para todo: adelgazar, dormir, ansiedad.
Un segundo ejercicio, complétese la frase con lo más surrealista: para mejorar la autoestima, por ejemplo, y ahí aparecen los antidepresivos.
Para se más inteligente, y encontramos los estimulantes del sistema nervioso central.
Para la timidez, otra vez los antidepresivos.
Para el duelo, para la separación, para el divorcio, para ser feliz...
Para cada escena de la vida, la industria farmacéutica ha patentado un producto que paliará las consecuencias de estar vivo.
Pero no es sólo el dinero, es también el poder.
Por eso la subjetividad en nuestros días no está de moda. Por eso cada vez hay más publicidad dedicada a promocionar productos para los usos más dispares, como dejar de fumar o acabar con el hábito de comerse las uñas, que cierra con el consabido cartel de "este producto es un medicamento".
Cuando se asiste a una psicoterapia y el terapueta, en vez de mandarnos prozac, o lexatín, o anafranil, o rivotril, se empeña en escuchar nuestra queja, en hacernos hablar sobre esa muerte que hemos padecido, o sobre las pesadillas que nos agobian, o sobre esa tristeza que nos acompaña, está actuando contra corriente. No le procura a la poderosa empresa farmacéutica un sólo euro.
Claro que el que sale ganado es el paciente.
Será un tratamiento más largo, porque un duelo normal, por ejemplo, tiene una duración media de dos años. Pero será sin lugar a dudas, más eficaz y respetuoso.
Es como con las medidas para adelgazar: es más fácil tomar pastillas y seguir comiendo. Pero en el fondo, todos sabemos que para bajar de peso nada más efectivo que la vieja receta: dieta y ejercicios.
La medicación para el padecimiento emocional, entonces, algodona, alivia, anestesia el dolor. No lo resuelve.
Aunque la industria farmacéutica se empeñe en demostrar lo contrario, la única manera de superar el padecimiento es hacerse cargo de él, trabajarlo y elaborarlo en psicoterapia. 

25.4.10

La medicación

Una duda común en todo tratamiento del padecer mental es cuándo recurrir a la medicación psiquiátrica. Depresión, ansiedad, psicosis son casos diferentes que pueden sostenerse con medicamentos específicos.
Cada profesional tiene una posición propia: desde el psiquiatra que receta lexatín o prozac sin resistencias, hasta el psicoterapeuta que se opone rotundamente a usar ningún sostén psicofarmacológico.
También los pacientes tienen diferentes posturas.
Por un lado, quienes no quieren usarlas sostienen toda una serie de fantasías en torno a la adicción, o en relación a que tomar medicación significa estar loco.
En el extremo opuesto se ubican quienes entienden los medicamentos como sustituto emocional y elemento de control externo, para no sentir, para funcionar.
La medicación es una opción, irrevatible en algunos casos como en la psicosis, cuando se convierte en organizador mínimo para poder hacerse cargo de la vida. Pero una alternativa más en otros padeceres, como la ansiedad.
Mi postura está centrada en el alcance del padecer: si alguien no se puede hacer cargo de sí mismo, si el sufrimiento amenaza con revasar el aguante del vivir, es una opción válida y necesaria.
Pero lo que se escapa de mi comprensión es el uso de la medicación como paliativo del normal sentido emocional de la experiencia vital.
El caso más frecuente es la experiencia de duelo. ¿Se puede esperar que alguien que ha perdido un ser querido no llore, no se sienta confuso, no sufra? Pues aunque la respuesta es obvia, no faltan los especialistas que en estos casos recetan tranquilizantes, antidepresivos, pastillas que amortiguan el impacto de la experiencia, de forma que lo único que se logra es posponer el malestar, alargarlo. Porque el duelo requiere un tránsito para  hacerse con la vida desde una postura que acepte y se adapte a la falta del otro, y para llegar allí, después de un largo período de tiempo, es necesario llorar la pérdida, sentir el espacio vacío que dejó el otro al desaparecer, desesperarse, es decir, elaborar.
 Los seres humanos somos sujetos racionales, pero también emocionales. Experimentar dolor, rabia, nerviosismo, forma parte del acaecer. Todos, alguna vez nos sentimos perdidos, revueltos, tocados, cuando la realidad nos golpea con elementos negativos.
El tratamiento no puede limitarse a  hacer que el dolor desaparezca, sino que debe dirigirse a aceptar el sufrimiento, explorar las razones que lo sostienen y sobrevivir a él, porque la vida repite en los golpes, y la salud pasa también por resonar ante el malestar.

11.2.10

Ante la soledad

En un interesante artículo sobre la construcción social de la soledad, Manuel Cruz retoma la frase de Rousseau “Ser adulto es estar solo”, lo cual me condujo a reflexionar sobre un tema que suele estar muy presente en mi quehacer como Psicóloga.
Efectivamente, existen momentos en la vida que nos confrontan de manera súbita con un sentimiento difícil de sobrellevar, la soledad. Al hablar de soledad, no me refiero al hecho de estar sin compañía, sino a esa sensación abrumadora, sobrecogedora, de profundo pesar que en ocasiones nos invade y que encuentra como único referente nuestra propia intimidad.
Quienes hayan vivido la pérdida de un ser querido, la ruptura de una relación amorosa, la llegada a un país extraño como inmigrante o el fracaso de un proyecto de vida personal, seguramente sabrán a que me refiero y podrán dar cuenta de ese momento justo en que se toma conciencia de que lo que era ya no volverá a ser más, y también podrán atestiguar de que en ese momento y ante esa vivencia estamos realmente solos.
En otros períodos de la vida, esta emoción parece surgir paulatinamente llegando a ser una consecuencia inevitable y dolorosa del proceso de vivir. Así, al envejecer, muchos van perdiendo a los amigos e incluso la pareja; el anciano se percata de que ya los hijos no están ahí o que aun estando sus intereses y sus vidas están en otra parte. El que sobrevive, sin duda, se sabe solo. También llega el tiempo en que nos toca enfrentarnos, no sin cierto desamparo, al desfallecimiento de nuestro propio cuerpo.
Con esto no pretendo desestimar la importancia que tienen el apoyo y la compañía de los demás, llámense familiares o amigos, para ayudar a sobrellevar estos momentos difíciles. Lo que quiero enfatizar, es que puede suceder que a pesar de toda la solidaridad o empatía que pueda sentir una persona en estas circunstancias, le pueda resultar problemático sobreponerse a ello.
Reconocer que se está solo ante la soledad es el comienzo de un proceso interno, constante, a partir del cual se elaboran las pérdidas, y se da un nuevo sentido a la vida.