24.11.09

Hasta que la muerte nos separe

Más allá de ser la promesa de amor hecha tradicionalmente como voto ante el altar, hoy en día esta frase viene a reflejar la terrible realidad que viven muchas mujeres víctimas de la violencia de su pareja.
De acuerdo al Observatorio de la Violencia de Género, en España y durante el año 2009 casi 50.000 mujeres han contado con medidas de protección al ser víctimas de diversas formas de violencia de género. Asimismo, según los datos facilitados por la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, el pasado día 11 noviembre, desde el 2004 se han decretado 100.000 órdenes de protección para víctimas de este tipo de violencia. De esas 100.000 órdenes, el 40% corresponde a maltratadas que tienen menos de 30 años. Otro dato importante que resalta la ministra Aído es que un 30% de las fallecidas entre el 2003 y el 2008 tampoco superaban esa edad.
Las cifras son, sin duda, alarmantes, pero todavía más si pensamos que estas estadísticas sólo reflejan a aquellas mujeres que se atreven a denunciar, porque es conocido también que muchas mujeres permanecen en silencio. Algunas de estas mujeres viven realmente aterradas por su inseguridad y la de sus hijos; por ello ni se atreven a denunciar lo que ocurre en sus hogares. Para otras, la situación es aun más grave, pues el maltrato ni siquiera es percibido como tal. A pesar de ser maltratadas psicológica y físicamente piensan y sienten que de alguna manera ellas son las responsables de esta situación. Muchas de ellas exculpan al agresor diciendo que no han sido “lo suficientemente buenas” o “que a veces él se pone violento pero es por el estrés, o por los problemas en el trabajo”.
Romper con esta situación es muy difícil, puesto que el maltrato está sostenido sobre un vínculo que inicialmente se esconde bajo la forma del “amor”. Un amor que paulatinamente va cercenando todas las relaciones de la mujer con su entorno (familia y amigos). Incluso, muchas abandonan la vida laboral para dedicarse “a lo más importante, que es mi casa y mi marido”. Tras esto, la descalificación, el temor y el control permanente que ejerce la pareja sobre ellas, van socavando los recursos psicológicos de la mujer para hacer frente a la situación.
Cuando una mujer decide denunciar o romper la relación, da un paso importantísimo que requiere mucho valor, pues se está sobreponiendo a una sensación personal de ser absolutamente vulnerable y de no tener ningún control sobre su vida. De ahí que la primera labor psicoterapéutica sea la del reconocimiento y el apoyo. Sin embargo, la recuperación real de la mujer maltratada comienza más tarde, cuando se toma conciencia de la relación de dependencia emocional que se tiene con la pareja, cuando la mujer se comienza a interrogar a sí misma sobre la paradoja del amor que maltrata.
Revisar, volver sobre lo que nos causa dolor, entender qué nos ha mantenido en esa posición constituyen procesos dolorosos, pero indudablemente necesarios, pues definen el camino preciso para ubicar el amor al lado del respeto y la consideración.

16.11.09

Maltrato

Hace unos días, la prensa nos sorprendía con una noticia terrible: el caso de dos bebés maltratados en Málaga. Uno de ellos falleció a causa de los golpes, el otro, recibe atención en la UVI de un hospital. Lo más espeluznante, la edad de los pequeños: dos meses. Y para colmo de males, la identidad de sus presuntos agresores: sus padres.
Uno se pregunta: ¿Qué puede pasar por la cabeza de unos adultos para cometer tamaña insensatez? ¿Qué puede motivar una escena de tanta violencia contra unos bebés apenas recién llegados al mundo?
Todos los casos de maltrato, contra las mujeres, contra los padres, contra los compañeros, contra los hijos, causan un impacto inmediato en la sociedad, porque no hay manera de acostumbrarse a un clima en el que la violencia campa en los rincones más públicos y más privados.
Si bien la ira, la cólera, la rabia, son sentimientos humanos, y como tales, lícitos; ver el rostro más oscuro de la humanidad, de nuestros semejantes, siempre da sensación de vértigo.
Lo más terrible es que toda forma de maltrato deja secuelas. Las más evidentes, las físicas. No obstante, muchas otras consecuencias se plasman en la manera posterior de situarse en el mundo.
No es de extrañar la cantidad de mujeres que repiten en sus relaciones de pareja un vínculo de malos tratos, cuando en su historia personal ha habido violencia ejercida por el padre.
No son infrecuentes los pacientes que se odian y rechazan a sí mismos cuando fueron odiados y rechazados por sus adultos en la infancia.
No son inusuales los hombres que temen el abandono y se sienten perseguidos por el fantasma del desamor, cuando, de niños, fueron víctimas de unos padres excluyentes.
En la intimidad del espacio terapéutico, la reconstrucción tiene que pasar por ver esas heridas y elaborar una nueva relación que se aleje del golpe y el insulto.

12.11.09

Expresiones de la violencia en nuestro tiempo

Hoy en día, encontramos que la violencia como síntoma se haya expresada en una diversidad de fenómenos como el acoso escolar, la violencia contra la pareja, el maltrato infantil, el maltrato a los ancianos o personas dependientes, y más recientemente, el maltrato de los hijos hacia los padres. La alarma social frente a dichos fenómenos se ha disparado tanto por la frecuencia con que aparecen en los medios de comunicación, como por las formas cada vez más crudas, crueles y dañinas que adquieren.
La violencia no es simplemente una conducta, una respuesta emocional o una suerte de impulso irrefrenable frente al cual el sujeto no tiene ningún control. Por el contrario, se trata de una estrategia psicológica usualmente aprendida que el sujeto emplea intencionadamente para alcanzar un fin determinado, y que puede llegar a constituirse en una forma de vinculación con los otros. Esto se hace aun más patente en las manifestaciones de las que hablamos: la actuación violenta tiene lugar en espacios íntimos como el hogar o la escuela y la violencia proviene de alguien con el que se mantiene una relación afectiva estrecha, o de alguien de quien al menos se espera compañerismo o solidaridad.
En estos casos, solemos encontrar que el sujeto que sufre este tipo de violencia permanece en silencio, atrapado en una situación de indefensión, de vulnerabilidad, de profunda soledad en relación a su dolor, sintiendo un temor abrumador y paralizante. Existe una gran dificultad para romper con la situación de maltrato pues se depende emocionalmente del agresor, llegando al extremo de naturalizar el ambiente de violencia en el que se vive.

Justamente si algo debemos evitar como sociedad es la naturalización de la violencia. Es preciso no tener una posición de espectador sino una posición activa, que asegure la apertura de los espacios necesarios y suficientes para hablar de la violencia dando cabida a la reflexión, al encuentro, la mediación y la búsqueda de alternativas