18.7.10

La elección de pareja


En el espacio psicoterapéutico se escuchan muchas frases que parecen repetirse. Una de ellas tiene que ver con una supuesta equiparación entre los hombres, y entre las mujeres.
Me refiero al consabido "todos los hombres son iguales", o a la trillada "ya se sabe cómo son las mujeres".
Lo curioso es que, en cada hablante, la frase se llena con contenidos disímiles.
En algún caso, la categorización masculina se dirige a que todos son violentos, o infieles, o babosos, o machistas, o indecisos, o mandones, o distantes, o... Las opciones se multiplican hasta el infinito.
En otros labios, la similitud femenina significa que todas las mujeres son controladoras, o sensibles, o blandas, o invasivas, o mentirosas, o cobardes, o... De nuevo un sinfín de características excluyentes entre sí.
Ser psicoterapeuta permite tener una tribuna donde escuchar lo más íntimo de las personas. Sin tapujos, con sinceridad. Y este quehacer permite desmontar todos estos prejuicios, porque en lo que cada quien cuenta, en la historia pasada y reciente de los individuos, se puede ver que hay hombres pacíficos, fieles, cercanos, débiles...
Que existen mujeres duras, respetuosas, sinceras, valientes...
Pero es real que cuando cada hablante usa la dichosa frase, ésta se sostiene en su particular experiencia, donde todos los hombres de su vida han sido violentos, o infieles. Igual en el caso contrario, todas las mujeres protagónicas han sido invasivas, o mentirosas.
Parece que la frase, entonces, está cortada, que se ha silenciado un trozo: "Todos los hombres son iguales... a mi padre". "Ya se sabe cómo son las mujeres... como mi madre".
Esa es la verdadera equiparación, comprobar que siempre que se elije, se busca repetir la figura del hombre o de la mujer tal y como se vivieron en la infancia.
Al final, la frase a medias, sin cursivas, es tranquilizadora. Porque exculpa.
No es que mi madre me haya invadido hasta la asfixia, o que me haya controlado hasta el punto de dejarme sin herramientas para hacerme con la vida. Es que todas son así.
No es que mi padre, con su violencia, me haya dañado; o que con su distancia me haya hecho sentir excluido. Es que todos son así.
Poder dar con una pareja diferente, que no repita hasta la extenuación un modelo que nos hace perpetuar el sufrimiento, pasa por reconocer a los padres en sus miserias.
De eso, precisamente, va la psicoterapia.

6.7.10

Vampiros

Este 27 de Junio "El País Semanal" publicaba la última entrega de su serie Testigo del horror, un espeluznante reportaje sobre Zimbabue.
El artículo hacía hincapié en la altísima incidencia del VIH en el país africano, una de las más altas del mundo, y además de referir diversas variables implicadas, señalaba algunos mitos que sostenían el contagio de la enfermedad.
En primer lugar, la consideración de la circuncisión como una medida protectora.
En segundo lugar, la creencia de que un hombre con VIH se cura manteniendo relaciones sexuales con una virgen o con un niño.
Cuando me topo con estas ideas no puedo dejar de vislumbrar la imagen del vampiro, aquel ser que se alimenta de sangre joven, que mata, que chupa, que devasta, a fin de perpetuar su eterna juventud.
Los vampiros no pertenecen sólo a la literatura y al cine, a libros como Drácula de Bram Stoker o películas como Nosferatu. Muchos de ellos están entre nosotros, son de carne y hueso y no son, ni mucho menos, inmortales.
Se reconocen por su sangre fría para dañar; por su incapacidad de reflejarse en los demás porque no conocen la empatía; y se alimentan de la vida de los otros: van dejando devastación y sufrimiento a su paso.
Un hombre que, bajo la creencia de su propia curación, es capaz de "pasarle" su mal a otro, a un niño o a una mujer, es, sin lugar a dudas, un vampiro.
El hecho de que una fantasía como esa se le ocurra a alguien,  el hecho de que puede extenderse y  darse por válida, confirma la existencia del vampirismo, del lado más oscuro de la naturaleza humana.
Pero existen otros vampiros: aquellos que establecen relaciones donde el otro se convierte en mera herramienta para su disfrute, deshumanizado y objetivizado, desprovisto de toda categoría de sujeto.
También quien goza explotando y maltratando a sus víctimas, llámense pareja, hijos, subalternos.
Ante seres así, lo mejor, estar fuera de su campo de acción. Porque con los vampiros mortales no valen crucifijos, ni la luz del sol. Viven menos, pero arrasan más.

29.6.10

LOS CELOS

Los celos, según el Diccionario de la Real Academia Española, pueden definirse como la “sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra”.

Los celos, hablando en términos generales, son sentimientos naturales y están presentes desde muy temprano en la vida de todas las personas. Basta con pensar, por ejemplo, en las vivencias de un niño o niña cuando nace un hermano. En este caso, el temor del niño gira en torno a ser desplazado en el amor de los padres y a perder la relación de exclusividad que se tenía con los progenitores antes del nacimiento del nuevo niño. Del mismo modo, cuando en una relación se siente que el amor de la persona amada le ha sido quitado o está en peligro de serlo por otra persona, los celos aparecen.

En el primer caso, la intervención adecuada y oportuna de los padres ayudando a entender al primogénito que el amor que sienten por él no se verá afectado por la aparición de otro hijo, tiene como efecto que los celos disminuyan. Sólo la seguridad y la certeza de sentirse valorado, querido y estimado, proporcionadas por la calidad de estas primeras relaciones, tienen la fuerza suficiente para dotar al niño de los recursos psicológicos necesarios para enfrentar los avatares del terreno interpersonal.

A lo largo de la vida, las experiencias amorosas y la propia eficacia personal en otras áreas influyen también en la forma en que cada sujeto en particular se las arregla para manejar la posible aparición de los celos en sus relaciones con los otros.

Las pequeñas manifestaciones de celos en las parejas también pueden considerarse normales e incluso pueden ser tomadas por parte de la persona amada como una muestra de afecto: “me valora”, “tiene miedo de perderme”, “me quiere por eso me cela”.

Sin embargo, cuando los celos son permanentes e injustificados, van desgastando y perturbando la relación de pareja, porque tras ellos surgen los reproches y los reclamos. Así, escuchamos a las parejas de las personas celosas decir que los interrogatorios se han vuelto parte de la rutina diaria y que el celoso (o la celosa, según sea el caso) intenta controlar su libertad y movimientos. Por otra parte, la persona celosa exige constantemente lo que según su parecer serían demostraciones de amor incondicional por parte del ser querido y necesita reasegurarse permanentemente de su afecto.

Lo que usualmente descubrimos detrás de estas manifestaciones de celos es la profunda inseguridad que la persona celosa siente sobre su propia valía personal.

Celos y amor no son caras de una misma moneda. Es preciso entender por qué surgen los celos y qué los sostiene. Ambas interrogantes nos conducen hasta nuestro mundo interno y a lo que en términos de vinculación con los otros hemos construido. Las respuestas permitirán, sin duda, poder establecer sin cortapisas relaciones basadas en la confianza y el respeto.