5.5.11

¿Qué representa La muerte de Bin Laden?

Este lunes amanecíamos con la noticia de la muerte de Bin Laden. Los medios se hacían eco del suceso. De cómo Estados Unidos había alcanzado, al fin, el objetivo de acabar con el riesgo que representaba este hombre.

Se ha hablado de justicia. De dignidad. De perseguir la paz. De alivio. De fin del miedo. De recompensa de las víctimas.

Y es que Bin Laden se había constituido en una amenaza perenne. Miles de muertes pesaban sobre su figura. Y la multiplicidad de rumores sobre su paradero, intranquilizaban, angustiaban.

Muchos reportajes, como el publicado por El País este 2 de mayo, han fotografiado las reacciones a la muerte de Bin Laden.

Leer sobre el efecto de este suceso en los newyorquinos significa encontrar diferentes respuestas: Venganza pura. Euforia. Alivio. Sentimientos confusos y extremos.

Por ejemplo, se recogen trágicas escenas de rabia: "A mí me gustaría que estuviera vivo y que pudiéramos desfilar frente a él, escupirle y torturarle... perdí a mi novio, él lo mató... yo solo quiero ver el cuerpo de Bin Laden".

También escenas de dolor, de reactivación de la pérdida frente al lugar de los sucesos.

O escenas de abstención, como en aquellos familiares que "prefirieron no celebrar, porque aún no han asumido la pérdida de sus seres queridos".

La multiplicidad de imágenes posibles indican cómo el duelo, aunque se trate de un asunto social, es sobre todo, un tema personal. Individual.

Porque hablamos de duelos. Es decir, del proceso que implica elaborar la muerte de alguien querido. Del largo proceso que permite hacerse con la vida, con una vida nueva y reconstruida, que asuma y acepte la falta, la pérdida.

Hay duelos más fáciles. Y hay duelos más complicados. Diversas condiciones pueden interferir con la sana elaboración.

No cabe duda que los atentados del 11 de Septiembre de 2001 crearon un escenario con múltiples condiciones que han complicado los duelos por las numerosas muertes. Por eso, casi diez años después, las heridas no han cicatrizado. No es casual que la conocida como "zona cero" aún no haya sido reconstruida. Que siga estando presidida por grúas que pretenden una reestructuración que a día de hoy,  no ha sido posible.

Lo inesperado del suceso es una piedra contra la cual ha tropezado esta elaboración. Porque cuando la muerte se produce de manera intempestiva se aumenta la sensación de sinsentido. De que no debió ocurrir.
De que se trata de un mal sueño del que esperamos despertar. Por eso es más fácil adaptarse a la desaparición de un ser querido tras una larga enfermedad. Y una muerte sorpresiva, que nos salta a la cara, como la que padecieron miles de personas ese 11 de Septiembre, requiere un esfuerzo añadido para superarse.

Pero además, no ha habido reparación, y es que cuando algo nos daña, los gestos reparatorios ayudan a sobreponerse. Por eso, por ejemplo, es tan importante recibir una disculpa de boca de alguien que nos ha lesionado. Por eso, también, muchas medidas disciplinarias no se limitan el castigo, sino que pasan además por la imposición de una acción que remiende el daño causado (cuando, por ejemplo, a alguien que ha ejecutado actos vandálicos se le condena a limpiar las calles). Desde aquí, las víctimas de los atentados habían quedado sin reparación. Bin Laden seguía siendo una amenaza real. No había existido ningún gesto de arrepentimiento. Ninguna disculpa. Ninguna reparación. Así, esas terribles heridas quedaban vivas, abiertas.

Pero además, el atentado perpetrado sobre New York marcó la historia. Se ha convertido en un hito que cambió el mundo. Ese día ha sido recordado y repetido en el planeta entero miles de veces, con imágenes aterradoras de muertes y dolor. Se ha convertido en un asunto mediático. De dominio público. Y eso trastorna la elaboración. Porque los afectados se saben objeto de miradas, de comentarios, de reportajes, de noticias. Su dolor es de dominio público, cuando es, en realidad, un asunto íntimo. No es casual que, según las informaciones, la gran mayoría de los familiares de los fallecidos no haya participado en las celebraciones desatadas por la muerte de Bin Laden. Las celebraciones han sido un tema público, de la ciudad. Pero los afectados personalmente, con ese ademán de separarse del hacer mayoritario, han intentado sostener sus pérdidas como asuntos personales.

También está la herida narcisista. Porque Estados Unidos es un imperio. Se sabe imperio y actúa como tal. Desde ahí que un simple grupo terrorista (terriblemente peligroso, sí, pero pequeño ante el poderío norteamericano) haya sido capaz de desplomar toda una ciudad, ha sido vivido como una afrenta. Como una osadía tremenda. Por eso, aunque se es consciente de que la muerte de Bin Laden no acaba con el riesgo de ataques terroristas (Al-Qaeda sigue vivo) la sensación de triunfo es la imperante en estos momentos. Haber acabado con él recoloca las cosas: Demuestra que el poder está del lado estadounidense. De allí el alivio.

Pero ese alivio es nacional. No tiene que ver, necesariamente, con el sentir de los implicados directamente. Incluso, puede convertirse en un obstáculo, ya que muchas veces existe la fantasía de que ser redimido mediante el castigo del culpable de una pérdida, traerá maravillosos efectos. Se espera, de manera inconsciente, que el gesto de castigo devuelva las cosas a su orden, a cuando el fallecido vivía, es decir, que esa acción lo resucite. Y eso no sucede, claro. Entonces la frustración de esos deseos de inmortalidad hacen más penoso el enfrentamiento con la inevitabilidad de la muerte.

Esto duelos continúan en proceso. Cada sujeto dañado seguirá elaborando la pérdida. Cada quien con sus herramientas. Cada quien con sus propios recursos. La muerte de Bin Laden es un factor más que habrá que incorporar. Pero no define lo que cada individuo implicado sentirá a partir de ahora. Aunque las imágenes señalen celebraciones y euforias,  las verdaderas víctimas están en otro lado. Fuera del alcance de las cámaras. En un lugar privado que salvaguarda la intimidad de su proceso interno.

Escrito por Esther Roperti.

13.4.11

“Avatares del amor”

El amor, el desamor, los tropiezos en la relación con los otros o las dificultades para hacer vínculo con los otros, son circunstancias vitales que siempre dejan huella. Para la mayoría de los sujetos, el encuentro con el otro no es baladí. Así, la soledad, la sensación de vacío y la inconsistencia en las relaciones se convierten en los motivos de queja y malestar para los sujetos actuales. Al mismo tiempo, paradójicamente, encontramos también que se suscita con fuerza la angustia ante la posibilidad de establecer lazos, así como el temor a perder parte de la libertad individual.

Sobre los “avatares del amor”, el Foro Psicoanalítico de Santiago de Compostela organiza una conferencia como medio para abrir un espacio de intercambio y poder así reflexionar sobre las vicisitudes de los vínculos actuales, tratando temas que sin duda serán del interés de todos.

Para estas conferencias se contará con la participación de:

Carmen Gallano, Analista Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL), quien hablará sobre “El amor en la quiebra de los vínculos sociales”, y

Arturo Camba, Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL), quien abordará la cuestión “Una lengua de amor…cortés?”

Como moderador estará Alfonso González Gay, Analista Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL).

Al final de las conferencias habrá una mesa redonda de debate abierta al público.


Lugar: Auditorio Novacaixagalicia, Policarpo Sanz, 13. Vigo.
Fecha: 27 de mayo de 2011 a las 19:45 horas.
Entrada gratuita

6.4.11

Los hijos de las parejas rotas

Las formas familiares han cambiado. Cada vez es más frecuente encontrar familias cuya estructura dista mucho de aquel núcleo tradicional formado por padre, madre e hijos, todos conviviendo bajo el mismo techo.
Por diversas razones sociales, culturales y económicas, muchas parejas se rompen, se rehacen, se multiplican. Y es entonces cuando ciertos conceptos tradicionales tienen que modificarse.
En muchas ocasiones, los psicólogos somos requeridos para evaluar o iniciar tratamiento psicoterapéutico por los daños que los niños han sufrido como consecuencia de la separación de los padres. Y es que muchos niños, efectivamente, resultan íntimamente dañados por la ruptura.
El quiebre de la pareja parental es un cambio. Una realidad que necesita un proceso de adaptación de todos los miembros de la familia, por supuesto. Pero no tiene por qué constituir una experiencia traumática que lesione al niño.
Toda separación está sostenida sobre el conflicto. Algo que se había construído se rompe, y eso conlleva sentimientos de frustración y de rabia.
Este conflicto puede sostenerse sobre la negociación adulta, sin caer en luchas encarnizadas.
También puede vivirse de una forma dramática, transformando la vida en un escenario para destruir al otro. Para acabarlo. Y entre las herramientas del ataque, además de lo económico; de las posesiones materiales comunes; del prestigio social del o de la ex, en muchas ocasiones se ubica a los hijos como un arma arrojadiza.
La separación implica un fracaso. Una pérdida. Requiere la elaboración de un proceso de duelo y conlleva una revisión personal donde se evalúen las razones que provocaron la ruptura.
Y en ese proceso, puede ocurrir que las responsabilidades se coloquen fuera: "Me falló" "Nunca me entendió" "Siempre fue un (una) egoísta".
Muchas personas, entonces, desean una alianza con el hijo. Sienten al otro progenitor como una amenaza en el vínculo paterno-filial y comienzan las descalificaciones, las críticas, las quejas, las presiones para que se rompa la relación del niño con el otro: "Nos dejó" "Ya no nos quiere" "Quiere hacer una vida sin nosotros". Y en ese uso del plural, el hijo es colocado como parte de una guerra que no le concierne.
Cuando un padre o una madre actúan así, están ignorando la emocionalidad del niño y ahí, justamente, se produce el daño.
El niño necesita a su madre y a su padre. Necesita el triángulo. Y la ruptura de la pareja no tiene por qué implicar una pérdida de sus apegos.
El niño parte de ambos. Ama a ambos. No tiene por qué elegir. Y sabe, internamente, que es una mezcla de los dos. Por eso, si papá se convierte en un ser malo, abandónico, egoísta, que hace llorar a mamá, una parte del propio niño también resulta menospreciada.
Si mamá es una mala persona, una pesada que le ha destrozado la vida a papá, una parte del niño también se lesiona.
Pero no hay lugar para la duda: lo que daña no es la separación. Lo que puede constituir una herida profunda y dolorosa es la manera en que ese proceso es llevado por los adultos responsables.
Escrito por Esther Roperti.