3.8.11

Nos vamos de vacaciones de verano...


Tomaremos un pequeño descanso estival y esperamos que todos vosotros disfrutéis también de unas merecidas vacaciones.



Volveremos en septiembre.

7.7.11

Pedófilos

Cuando se aborda el difícil tema de la pedofilia, generalmente se ubica el objetivo de enfocar al niño víctima.

Y está claro que esta perspectiva es lógica. Se trata de entender el sufrimiento de un pequeño sometido a prácticas de naturaleza sexual a manos de un adulto.

Pero hoy deseo girar la cámara y dirigir la mirada hacia el agresor. Hacia ese adulto que consigue placer a partir de su vinculación sexual con un niño o una niña.

Cuando hablamos de un niño abusado surgen preguntas y deseos de protección.

Cuando hablamos de un adulto pedófilo nos invade la rabia y surgen muchas preguntas.

¿Cómo se explica la pedofilia? ¿En qué consiste? ¿Cómo se produce?

En importante comenzar definiendo qué es un pedófilo. Etimológicamente, esta palabra remite al amor por los niños. Pero no se trata de un amor cualquiera. Se trata de un amor sexualizado. Es decir, estamos ante un adulto que se inclina sexualmente por pequeños y pequeñas de corta edad.

Aunque a veces se usen como sinónimos, los términos pedofilia y pederastia no son equivalentes. Porque en la pedofilia existe un componente afectivo, de amor (erótico, sí, pero amor al fin y al cabo) que está ausente en la pederastia. En la pederastia todo se restringe más al terreno sexual, lo que convierte a estos sujetos en más proclives a dañar a su objeto.

Un pedófilo, entonces, es un adulto que ama a los niños. Y que los ama sexualmente. Que tratará de acercarse a ellos para consumar su amor a partir de un vínculo sexual, ya sea a través de la exhibición, el tocamiento o la concreción de una relación sexual completa.

Para entender qué le ocurre a un pedófilo, tenemos que partir de que la sexualidad humana es un proceso complejo que pasa por diferentes etapas de desarrollo. Que evoluciona, y que es tremendamente sensible a los avatares personales de la historia individual.

Llegar a una sexualidad adulta requiere pasos diferentes.

Y en el caso de la pedofilia, algo ocurre en esa historia para que la sexualidad quede fijada a niveles infantiles. Eso que ha ocurrido se refiere a hechos traumáticos en la propia niñez, tan abismales y duros que son capaces de detener el desarrollo sexual y que fijan la líbido a etapas infantiles.

Hechos traumáticos. Fuertemente dañinos. Que tienen la capacidad de detener el desarrollo psicológico. Hablamos en muchos casos de abusos físicos o psicológicos. Abusos repetidos y crueles.

En muchos casos estos hechos traumáticos, estos daños, se desencadenan en el escenario del hogar o en otros contextos donde otro adulto ejerce un dominio sobre el niño.

En muchos casos, ese abuso ha sido de carácter sexual.

Es decir, el pedófilo del presente fue probablemente víctima en el pasado.

Todo los abusos que implican a la sexualidad son complejos, porque la sexualidad es terreno de satisfacción. Y existe un placer físico que se desencadena aún cuando el resto del escenario sea violento.

Si a esto sumamos el amor que siente el pedófilo por el niño objeto, amor enfermo pero real, que el niño siente e identifica, podemos concluir que el contexto de la relación pedófila es especialmente complicado.

Ese niño, entonces, podrá repetir en la adultez la relación sexualizada con otro niño. Identificándose con su agresor. Es decir, ocupando el lugar de aquel que lo dañó como una búsqueda de reordenar la escena.

La psique, de nuevo en este caso, funciona en cadena: repites en otro aquello que viviste, que repetirá en otro aquello que vivió, que repetirá en otro...

Por eso en los casos de pedofilia, la acción real que salvaguarde al pequeño de volver a ser abusado y el tratamiento psicológico son fundamentales. Para desenroscar aquello que ha quedado atado y permitir que el desarrollo sexual continúe.

Pero cuando se trata ya de un adulto, las perspectivas son bastante oscuras.

Los diferentes estudios señalan el fracaso de la aplicación de diversas técnicas terapéuticas. La farmacología se limita a inhibir el impulso. Las técnicas de modificación de conducta tienden a fracasar. También el psicoanálisis se muestra insuficiente para modificar el entramado de la sexualidad.

No obstante, el psicoanálisis sí puede alcanzar un objetivo: apuntar a que el sujeto pedófilo llegue al convencimiento de que su cura pasa necesariamente por su decisión de abandonar su forma de goce. Que aunque siga existiendo el deseo, en nombre del amor real, se abstenga.

Y esta aspiración es difícil. Y suficiente.

Para terminar, dejo un trozo de una película inquietante. Happiness, dirigida por Todd Solondz. Donde se ficcionaliza  el discurso de un pedófilo.
Escrito por Esther Roperti.

17.6.11

El doble.

Cuando un niño está en silencio puede estar diciendo muchas cosas. Porque a veces ese silencio es obligado.

Obligado por los adultos que lo rodean. Que lo dañan.

Vuelvo a hablar de la pederastia. Porque toca. Porque la pederastria sigue presente y porque es silenciosa a menos que se sepa escuchar lo que ese silencio de los niños quiere decir.

El lenguaje infantil es más de acciones que de verbo. La palabra es idioma adulto. Los niños también cuentan pero valiéndose de otros elementos: Con sus juegos. Con sus dibujos. Con su conducta.

El niño dice. No podría no hacerlo. Y el acento recae entonces en el adulto que debe saber escuchar e interpretar el mensaje.

Después de haberlo dicho por fin, de haber mostrado su dolor y su malestar con los juguetes, con el papel y con su hacer, ese niño herido  podrá ya acceder a la oralidad para contar y elaborar.

Entonces es necesario un adulto que le ayude a verbalizar todo aquello que siente y que lo desborda. Que le ponga nombres, que lo provea de palabras para decir su rabia, su confusión, su miedo, su irritación.

Y que lo proteja. Y que se encargue de castigar al culpable. Y que garantice que la pesadilla ha finalizado.

Lo peor de la pederastia es que suele ser ejecutada por alguien cercano al niño: Un vecino. Un profesor. Un amigo. Un abuelo. Un tío. Un padre. Alguien con quien el niño tiene una buena relación. Alguien de quien espera recibir amor.

Por eso, un elemento que suele aparecer en las producciones de los niños abusados es el doble. Uno que son dos. Dos que son uno. Una mitad que es buena y todo aquello que el niño necesita y desea de esa persona cercana. Otra donde el niño deposita todo lo malo que esa persona también es.

El doble es producto de la angustia.  Porque lo malo, la agresión, la violencia, ocurren. Pero provienen de alguien amado también. Y los elementos malos pueden destruir a los buenos si aparecen en la misma figura. Así, inventarse un otro, sombra del primero, es una solución tranquilizadora. Esa separación calma porque permite mantener al bueno y no negar lo malo.

El abuso es angustia y miedo. Nada más intranquilizador que saber que tu enemigo está cerca y que puede repetir su abuso en cualquier momento. Como si una mujer violada tuviera que convivir con su violador y hacer vida normal con él y no decirlo (que también pasa, por supuesto) con el agravante de que el niño, a diferencia de la mujer adulta, carece de los mínimos recursos para sobrevivir y ocuparse de si mismo.

La pederastia se sostiene en el silencio. Por eso, la mejor manera de combatirla es haciendo ruido. Hablando de ella. Informándose sobre ella. Y esa es una labor de adultos.

Desde ahí,  hoy apelo a la literatura. Que es otra manera de nombrar el quehacer humano.

Antón Castro, en su blog, colgó un cuento de Nicolás Melini sobre la pederastia. No sólo la narración es perfecta. También lo es el título del relato:  Malestar
Escrito por Esther Roperti